Sobre una pequeña librería de San Pedro.

(Os dejo a continuación el texto del Pregón de la Feria del Libro de San Pedro de Alcántara 2019. Ha sido todo un honor y responsabilidad que pensaran en mi. Espero que os guste.)

Que un librero se enfrente a la inmensa responsabilidad de redactar un pregón para la Feria del Libro de su pueblo es, sin lugar a dudas, todo un honor y, también, un gran reconocimiento a la labor que realizamos en este gremio los auténticos locos que aún quedamos hoy en día.

Cuando llegamos a San Pedro, cuando aún faltaba bastante tiempo para que las canas hicieran patente que la vida va dejando huella, en aquellos tiempos que la memoria comienza ya a dejar medio olvidados en algún rincón perdido, mi vida laboral se centraba en algo que para nada tenía que ver con el mundo del libro. La crisis, maldita palabra, hizo que tuviera que pasar un tiempo sin trabajo. Los lunes al sol, como aquella magnífica película de Fernando León, me hicieron meditar mucho y decantarme finalmente por llenar de libros algunas estanterías. Muy loco yo, desde luego que sí. Ya decía Charles Dickens en su libro Historia de dos ciudades: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, era la edad de la sabiduría, era la edad de la insensatez, era la época de la creencia, era la época de la incredulidad, era la estación de la luz, era la estación de la oscuridad, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación”. Qué actual resulta aun sabiendo que Dickens nació a principios del siglo XIX, ¿verdad?  Pues, como decía, la llenamos de libros, de material de papelería y otros artículos que ayudaran a que el negocio pudiera tirar “pa´lante”. Porque, no podemos engañarnos, tan solo del libro, es imposible que un negocio como este subsista.  Supongo que aquí se manifestó mi Mr. Hide en su versión más paranoica, esa cosa de locos que les acabo de mencionar. Afortunadamente para nuestros amigos y clientes, suelo ser más Dr. Jekyll, no tengan duda de que pueden entrar sin riesgo alguno a la librería.

Si, al principio he dicho de “su pueblo”, porque yo no soy nacido aquí pero me considero, hace tiempo, un sampedreño más. Tengo un precioso negocio y una familia, más preciosa aún, con 2 hijos que si son sampedreños por los 4 costados, como yo a fin de cuentas, que llegué hace ya un buen número de años y no me marcharía de mi San Pedro, nuestro San Pedro, por nada del mundo.

Pasan los años, cada vez con mayor rapidez, es lo que tiene ir quitando hojas del calendario que vamos dejando caer poco a poco. Al principio hay muy pocas, tardan en llegar al suelo. El correr del tiempo es lento. Te vas haciendo mayor casi sin notarlo, comienzas a comprobar con claridad como esas hojas arrancadas van  tardando menos en llegar abajo, es normal, la montaña que se acumula a nuestros pies es ya bastante alta. A veces echas la vista atrás y, en este caso concreto, parece que hace un rato que abrimos la librería, luego comienzas a pensar y te das cuenta de que en estos años que han pasado, ocurrieron muchas cosas. Seguro que al principio cometimos muchos errores y seguro que a día de hoy los seguimos cometiendo, pero siempre estaremos dispuestos en Nobel San Pedro, en nuestro pequeño rinconcito de calle Lagasca, para ayudar y poder ofrecer un servicio lo más correcto y que satisfaga a nuestros clientes y amigos de la mejor forma posible.

Porque entrar en una librería, en cualquiera, es muchas veces algo más que ir a hacer una compra. Es un servicio que en multitud de ocasiones casi rogaría por que fuera considerado de primera necesidad. Escoger un libro no es tarea fácil, aunque deben saber que a veces será él quien les elige a ustedes. Dependiendo del estado de ánimo, a veces será requisito imprescindible el dejarse guiar por los consejos del librero de turno. Como cuando se acude al médico porque nos duele algo y este sabe qué recetarnos y en qué dosis. Un librero, cuando conoce al lector, tiene muy altas posibilidades de dar con el libro que cure su necesidad en un preciso momento. Cuando vayan de turismo, cuando pasen por lugares que no conocen, nunca olviden buscar alguna librería y pasar a echar un vistazo y conocerla, como quien entra en una catedral y respira esa paz y sosiego entre sus anchos muros, su espíritu se lo agradecerá.

¿Acaso hay algo con más magia que una librería?

Recuerdo, sin poder evitar emocionarme, esos nervios, ese miedo e incertidumbre por lo que nos depararía el futuro a corto y medio plazo cuando estábamos montando y preparando la librería. Fue un 9 de julio, un sábado, cuando Espacio Lector Nobel abría sus puertas por primera vez. Quedan un par de recuerdos marcados en la memoria por encima de todos: esas personas que entraban al local y te decían con una sonrisa en la boca “qué me gusta el olor a libro”. Y luego había otros, eran esos que te decían, con la misma parte de admiración que de estupor, que había que estar muy loco o ser muy valiente para montar una librería con los tiempos que corren. A mí, desde luego, me gusta mucho más aquello de loco, porque no son pocas las veces que un humilde Don Quijote vence su particular batalla contra los gigantes y, una vez más, volvemos a la locura. ¡Calma! No hay riesgo alguno, la locura del librero, como la de cualquier buen lector, es muy sana y recomendable. De hecho, pienso que habría que crear pequeñas dosis de esta locura literaria para aquellos que todavía no descubrieron la lectura y así poder ofrecerles una poción como Panoramix hacía con Asterix y los galos. Se dice en El conde de Montecristo de Alejandro Dumas  que “La alegría causa a veces un efecto extraño; oprime al corazón casi tanto como el dolor” y, bueno, no deja de ser un sentimiento que  tengo muy cercano cuando abrimos cada mañana las puertas de la librería y el aroma del papel nos impregna cada poro de nuestro cuerpo.

Llegados a este punto, debo decirles que lo cierto es que no sé cómo se escribe un buen pregón. A mí siempre me tocó estar del otro lado, leyendo lo que otros tenían que contar pero, en fin, lo que sí sé es que para cualquier persona un buen libro es aquel que le llega al alma, aquel que le emociona, es aquel que le hace viajar o conocer otros mundos, un buen libro es aquel que consigue evadirlo del duro día a día, meterse en la piel del protagonista y admirar u odiar a cualquier personaje como si fuera alguien que el lector tiene frente a sí mismo.

Por eso he querido que este pregón sea un pequeño homenaje a todos los libreros, esos hacedores de milagros, esos transmisores de historia, esos que conocen el remedio para la tristeza o la soledad, esos que sabrán hacerle reír, llorar, pasar miedo y, sobre todo, aprender. Y, por supuesto, al LIBRO. Así, con cada una de las cinco letras que componen esta palabra en mayúscula, sin más pretensiones, sin dedicarme a alabarlo con palabras típicas y frases hechas que pueden parecer que encajan muy bien en la situación pero que finalmente carecen de sentimiento.

L de libertad. Lea y será más libre. Tendrá una opinión más formada. Lea y viajará a lugares increíbles. Conocerá mundos que jamás soñó que podría visitar.

I de ilusión, de iluminar. I de imaginación. Lea y verá cómo su mente se abre. Compruebe lo que un texto puede despertar y provocar.

B de bienestar. Quizás no físico, pero con la lectura conseguirá una satisfacción interior plena y completa. Solo es cuestión de cultivarlo un poco, de ejercitarlo.

R de racional, ¿Qué si no? Poder ser capaz de pensar según un criterio propio, razonar y emitir juicios en virtud de un pensamiento individual. ¿No es eso libertad?

O de oasis. De odisea. Abrir un libro se convierte, casi siempre, en una odisea que, una vez leída la última página y cerrado el libro, le hará sentir en un oasis por mucho desierto del que pueda estar rodeado.

Ahora, “Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso.” Ya saben ustedes, así comenzó Salinger su “Guardián entre el centeno” y ese mismo rollo pienso evitarles yo, no teman.

Así que, permíteme tutearte, este homenaje comienza a las puertas de mi librería. Pasemos dentro, es tan tuya como mía –aunque eso no quite que sea solo a mí a quien no deja dormir muchas noches pensando en facturas, pedidos y mil cosas más-. Y en una de las estanterías un libro, discreto y perdido entre tantos, parece llamarte, intenta captar tu atención. Esa portada que te reclama es este pregón. Esa portada es también San Pedro de Alcántara, un rincón de la Costa del Sol bañado por el Mediterráneo que nos canta Serrat, ese Mediterráneo que se acerca y que se va después de besar nuestra aldea y, jugando con la marea se va, pensando en volver, porque tal como continua la conocida canción, se añora y se quiere, sobre todo cuando estas fuera de aquí.

San Pedro con, puede ser, algunos defectos pero con infinitas virtudes. Un rincón con un clima espectacular, tanto que si te mueves en cualquier dirección unos pocos kilómetros ya cambia algo, deja de ser lo mismo por mucho que se quiera parecer. Por tanto, resulta de obligado cumplimiento leer este libro que se nos presenta, que nos llama y atrapa y ya nunca querrás salir de entre sus páginas. Siempre desearás ser parte de él. Léelo. Cuídalo. Mímalo. Lee en una terraza, lee en el paseo marítimo, lee en casa en uno de esos pocos días lluviosos. Pero lee. Por cierto, si toca uno de esos días de agua, encaja perfectamente un buen café. Si toca buen tiempo marida a las mil maravillas una buena copa de vino.

Ya lo tenemos todo. Tenemos música, acompañados por Alejandro, tenemos nuestro libro y, quizás, nos faltaría la imagen del cine, pero eso no es nada que no podamos suplir dejando volar nuestra imaginación. ¿Alguna duda de que somos muy afortunados?

Pues bien, coges ese libro de la estantería, sientes su tacto, ya te dije que en cierto modo no eres tu quien lo eliges, es el libro quien te elige a ti. Pruébalo algún día, entra en cualquier librería, recorre sus estantes, disfrútalo y espera que alguno de los libros allí colocados, esperando pacientemente a su lector,  te susurre al oído que quiere marcharse contigo.

Comienzas a ojearlo y, claro, lo primero que sueles encontrar es la dedicatoria. Normalmente es muy breve, no podía ser menos en este caso, y dice algo así: A ti, San Pedro, si ya cantaba Gardel que 20 años no es nada, los 159 que te contemplan siguen siendo nada. Sigue creciendo, avanza y nunca, nunca, olvides de dónde vienes.

Después es habitual que aparezca un epígrafe, esa cita breve pero cargada de contenido. Dice así: “Uno es valiente cuando, sabiendo que ha perdido ya antes de empezar, empieza a pesar de todo y sigue hasta el final pase lo que pase. Uno vence raras veces, pero alguna vez vence” texto de Matar a un ruiseñor. Maravillosa novela de Harper Lee, genial película también.

En fin, ha sido un rápido vistazo y ya sientes a ese libro parte de ti, toca leer la primera frase de esta historia que hoy estamos compartiendo, esa que debe conseguir atraparte. En este caso, hagamos nuestra aquella de Miguel Delibes en “El camino” que decía: “Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así”. Cuánta sencillez, qué simpleza, realmente cualquier libro bien podría haber comenzado de este modo. Pero NO. Es este, sólo este, el libro que plasma así estas primeras palabras. ¡Y detona brutalmente! Te captura y ya eres completamente suyo, comienzas a pasar páginas, te metes tanto en la trama que no puedes dejar de leer, ¡un capítulo más y a dormir! Pero no será así, este es un libro que, una vez empezado, debemos acabar.

Este libro que estamos devorando contiene un poco de todo. Terror al principio, incertidumbre que con mucho esfuerzo consigues aplacar. Humor, ternura, felicidad y malos momentos, algunos fatales, en su parte central. Y es que así es la vida, una montaña rusa que rara vez se mueve despacio y horizontal. Y, aunque hoy habrá que darle un final, intentaremos que sea un final bonito, cerrado y perfecto, pero lo cierto es que siempre en la última página pondrá “continuará” porque yo seguiré poniendo todo mi esfuerzo y ganas en hacer de esta aventura algo que perdure en el tiempo. Podéis estar seguros.

Leyendo los primeros capítulos de nuestro libro, vemos que la historia nos cuenta los orígenes de una pequeña librería. Abierta aquí, en pleno centro del pueblo. ¿Quién dijo que sería fácil? Esa primera parte nos ubica, nos presenta a los principales personajes que dan vida y sentido a la librería.

El primero, un servidor. Como decía al principio, insisto, probablemente un loco, como si nos hubieran sacado de la “cripta embrujada” o del “tocador de señoras” de Eduardo Mendoza, cual Ignatius en “La conjura de los necios”, como Alonso Quijano, nuestro personaje universal de Cervantes. Más tarde aparece una chica, se llama Isa,  se sube al carro literario y se suma al viaje. Como la señorita Helen de “La librería ambulante”, cual “Matilda” de Roald Dahl, aporta brillantez, frescura y alegría en la historia que cada día reescribimos entre las paredes de esta sucursal de libros. Y por fin, aparece el personaje más entrañable en toda historia, ese que en cuanto lo conoces, te enamoras de él, es una figura que tiene mil nombres, diferentes edades y un sinfín de caras, aspectos y formas de ser. Es todo eso y, además, imprescindible, ya que sin él, sin ellos, toda esta historia caería como un castillo de naipes. No podría ser nada. Cómo no, hablamos del cliente. Del cliente habitual, del puntual y de aquellos a los que ya se debe calificar como amigos. Va a ser esta figura la que siempre quede en el recuerdo, la que marca la historia leída y que, a pesar del paso del tiempo y de olvidar buena parte del argumento, siempre queda ahí, marcada por infinidad de anécdotas y cosas curiosas. Entre nuestros clientes y amistades aparecen algunos sujetos magníficos. Tenemos a nuestro particular Peter Pan, ya entrado en años aunque a él no le gusta llevar la cuenta, pero con el espíritu más joven que se puede imaginar. De vez en cuando nos visita Bastian, cuando deja de vivir aventuras en su “Historia interminable”. Aparece Charlie a veces con un poco de chocolate, eso sí, cuando puede despistar unos minutos al Sr. Wonka. También el Lazarillo, con quien debemos tener mucho ojo si no queremos que nos haga alguna treta. Huckleberry Finn nos hace pasear a veces en un barco de vapor. También viene Pinocho, nos prometió que el tamaño de su nariz sería para siempre el mismo. Y Don Juan Tenorio, que nos cuenta con magnífica prosa sus conquistas de cada noche. A veces, cuando la cosa se pone fea y necesitamos magia, llegan esos momentos en que debemos acudir a lo más selecto para estos menesteres, Harry Potter, Merlín o el mismísimo Gandalf acuden puntuales si se les cita y nos levantan el ánimo, como haría el sombrerero loco ofreciéndonos un té. Ellos, con su magia, son capaces de conseguir prácticamente cualquier cosa.

Otras veces, la librería se transforma y nos transporta a Macondo, allí comemos los platos preparados por Tita, el personaje de Laura Esquivel. Viajamos a Nunca Jamás a lomos de Platero, Dumbo o Bagheera donde nuestros clientes más pequeños alucinan con Stilton, Greg, Mickey Mouse o las aventuras que se corren los cinco. Dorothy nos conduce por un camino de baldosas amarillas, a veces llegamos a Oz, otras al país de las maravillas y, rara vez, acabamos en las Tierras Medias del “Señor de los anillos”.

Ciertos días, cuando ya es muy tarde y la calle está solitaria, dicen que si te asomas al escaparate y pegas mucho la cara, es posible ver fugazmente algún movimiento dentro de la librería. Son momentos en los que personajes ilustres se reúnen y deciden con qué persona se irán en los próximos días. Se puede ver a los buenos de Mortadelo y Filemón, a Rompetechos. A Obélix junto a Tintín. También se dejan ver el Capitán Alatriste, D’Artagnan o el gato con botas. A veces sacan sus armas y se divierten jugando a ver quién es el mejor espadachín, pero no temas por ellos, nunca se querrían hacer daño.

Y como en todo gran cuento, también tenemos nuestros personajes gruñones. Moriarty, Scrooge, la madrastra de Blancanieves o  Long John Silver de La isla del tesoro también aparecen. Permítanme recordar a aquel inolvidable señor que, en un caluroso día de verano, tuvimos el honor de que pasara a visitarnos y nos preguntó si teníamos el último título de Punset, “pero te lo deletreo -pe-u-ene-ese-e-te-… es que quizás por aquí no lo conozcáis”. Lujazo que se marca alguien que tiene a bien venir a una tierra que ha visto nacer a Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel, en Huelva. A Antonio Machado, sevillano, que dejó a su caminante hacer el camino con sus huellas, pero mejor no volvamos la vista atrás. A Elvira Lindo en Cádiz, con su manolito gafotas, donde cada año se cantan letras, a veces hechas himnos, de Alba, Pardo o Aragón. A Góngora en Córdoba, inmortalizado en un cuadro por Velázquez, si también este es andaluz. A María Zambrano en Málaga, Premio Cervantes y Príncipe de Asturias, ¡ahí queda eso!. A Lorca en Granada, donde sus letras se hicieron música cantadas por Carlos Cano, ¡anda, que este también es de aquí! A Antonio Muñoz Molina en Jaén, más que premiado y miembro de la Real Academia. A Carmen de Burgos en Almería, adelantada a su tiempo, escritora, periodista y activista por los derechos de la mujer.

Luego están los personajes simpáticos y divertidos, ¡Estos son geniales! Aquella señora que llega al mostrador y te pregunta por un libro que tuvimos hace 2 ó 3 semanas en el escaparate. ¡Vaya, mi memoria! Sí, aquel que tenía una chica con un gorro rojo en la portada. Sí, sí, sí, claro que estoy segura. Era eso, y tenía las letras doradas. Y la tapa dura. Pues no lo creerán, son muchas las veces que estas cuestiones acaban en éxito. Pero resulta que en la portada no había chica, aparecía un caballo y las letras en vez de doradas, eran negras y, adivinen, nada de tapa dura, era una edición de bolsillo.

De este modo, avanzamos páginas, espero que estemos disfrutando la lectura y que, ahora que nos va quedando poco para acabar, leamos más despacio. A mí me pasa a veces, cuando un libro me llena de verdad y no quieres acabarlo, inconscientemente decido bajar las revoluciones, intento leer cada palabra con lentitud, intento pronunciar en mi mente exageradamente, deseando que no acabe.

Pero es irremediable, esta aventura va tocando a su fin. No pasa nada, mañana será parte de nuestra memoria. Para mí personalmente quedará para siempre en un rinconcito especial de mi corazón. Y para todos, llegaran nuevas historias, ya sabes, habrá terror, humor, intriga y amor, mucho amor. Porque de eso se trata, de vivir continuamente un millón de vidas. Recuérdalo, Lee.

Y como ya decía, hay que poner el broche final. Cerrar el capítulo donde todo concuerda por fin. Donde encontramos el pleno sentido a toda la historia que hemos vivido en este agradable rato. Ha sido una fabulosa historia que nos emocionó o nos sacó una sonrisa cuando tocaba. Ahora se baja el telón y tocará meditar reposadamente, asimilar nuestra historia. Pero ya sabes que, nos guste o no, siempre aparece un continuará al pasar la última página. Porque tú,  ¿pensarás seguir haciéndonos compañía siempre, verdad?

Y resulta que llegados al final, nos encontramos con los habituales agradecimientos, aquí el autor siempre destaca a una serie de personas sin las cuales no hubiera sido posible que el libro llegara a nuestras manos. Habría sido una historia, quizás escrita y olvidada en algún cajón que jamás vería la luz sin su ayuda. Es una parte que sé de buena tinta que muchos lectores nos saltamos a veces, pero no será hoy, hoy toca sufrir un poquito más.

Y esta dedicatoria dice algo así:

Gracias en primer lugar a vosotros, que me habéis dado la oportunidad de poder estar aquí como librero, como pregonero de esta feria. En un principio, cuando redactaba las primeras líneas pensé en qué título poner y dudaba entre hacer míos “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina” de Larsson o “A sangre fría” de Truman Capote, pero en seguida se me pasaron ciertas ansias asesinas por el “marrón” en que me estabais metiendo. Por fin, decidí el título, “Sobre una pequeña librería de San Pedro”. Librería y San Pedro tenían que aparecer, no había otra opción. Son los dos claros protagonistas en estos días que tenemos por delante.

También, cómo no, a los niños. A todos esos niños entre 1 y 99 años que nos hacen ver, como decía el principito, que “las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones”.

Gracias a los miembros de nuestro club de lectura “Librorum et Gulae”. Es un privilegio compartir con ellos la pasión por la lectura, una pasión que comenzó a la Intemperie de Jesús Carrasco, y que queda plasmada en nuestras tertulias y en los buenos ratos del Gulae, y es que nosotros disfrutamos tanto la lectura como del buen comer.

Gracias  a esas personas que de un modo u otro, ahora forman parte de mi familia aunque no compartamos sangre ni apellidos.

Y, como excepción, haré dos menciones concretas al mayor y a la más joven. Gracias a Félix, nuestro amigo de 91 años. La experiencia, cultura y sabiduría, pero sobre todo el buen humor diario que nos regala en cada visita nos deja energía en la reserva para una buena cantidad de tiempo. Y un enorme beso para Rebeca, mi ahijada de pocos meses, a la que pienso atiborrar de libros y cuentos para inculcarle la pasión por las letras, intentando en vano parecerme a Alfredo con Toto en la inolvidable cinta de Cinema Paradiso.

Toca también una disculpa para todos esos autores y personajes que se quedan en el tintero, espero que se sientan reflejados en esos que si he mencionado a lo largo de estas líneas.

Algunos de los aquí presentes, y otros que no han podido acompañarnos hoy, se habrán visto reflejados, o al menos esa era la intención, en algún momento de este pregón que aquí acaba, espero que hayan sabido adivinarse en ciertos pasajes. Poner cada nombre que se me venía a la cabeza habría sido imposible.

Me despido, ya sí, deseando que nunca perdáis el hábito de leer, que lo recuperéis si andaba olvidado o que lo encontréis en alguna librería porque, recordad, en alguna de sus estanterías hay un libro esperando que paséis a recogerlo para que os pueda transmitir su magia, porque haciendo un símil de Peter Pan y el batir de palmas para que no muera Campanilla, si no creemos en las librerías, estamos muertos. Así que batamos palmas con energía, quizás sin saberlo consigamos el milagro y alguna, a punto a echar el cierre, consiga mantener sus puertas abiertas mucho tiempo más.

En San Pedro de Alcántara, un uno de julio de 2019

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ETERNA MANDERLAY

“…Anoche soñé que volvía a Manderlay…”, inquietante y perturbador arranque de esta especie de cuento de hadas llamado “Rebeca” que sir Alfred Hitchcock dirigió para los estudios de David O. Selznick en 1940, adaptando la ya maravillosa novela de Daphne du Maurier quien sin duda se ve influenciada por un hecho personal que da como resultado la gestación de la novela. Interpretada por Joan Fontaine y Laurence Olivier estamos ante una de las grandes obras maestras de la historia del cine.

El poderoso influjo de la voz en off se adentra en nuestros oídos para presentarnos la majestuosidad de Manderlay (representación en la ficción de Milton Hall, la casa privada más grande de Cambridgeshire y hogar de los Wentworth-Fitzwilliam)  como un personaje más dentro de esta enrevesada historia de ausencias y presencias, que a medida que avanza va atrapándonos como en una tela de araña de la que es imposible escapar.

Manderlay tiene vida propia pero sin duda la presencia de la señora Danvers (pluscuamperfecta Judith Anderson)  es lo que la mantiene como un templo casi sagrado. El ama de llaves más inquietante de la historia del cine nos sumergirá a través de su gélida mirada en un universo plagado de misterio. El tránsito entre la melancolía por su amada señora de Winter y el odio hacia la nueva inquilina de Manderlay la hará caminar por senderos que escapan de la razón.

“Rebeca” es un cuento de hadas de atmósfera turbia, donde la ingenua  que interpreta Joan Fontaine emula a una especie de Cenicienta indefensa que ante la malvada bruja que puede llegar a representar la señora Danvers va empequeñeciéndose cada vez más. Manderlay, es una mansión casi, se diría, gótica donde la presencia de la antigua señora de Winter puede casi palparse físicamente. El aire que se respira está completamente impregnado de su olor, casi podemos verla a pesar de que en un maravilloso acierto de Hitchcock, jamás aparece. La magia de sir Alfred nos hará intuir y casi sentir cómo era Rebeca de Winter y qué efecto provocó en el intachable George Fortesquieu Maximiliam que tan espléndidamente interpreta Laurence Olivier.  La codicia, los anhelos, las obsesiones, el amor y la falta de éste, el honor, …todo se percibe en el clima que se crea en torno a los gruesos muros de Manderlay. El ambiente casi claustrofóbico va atormentando cada vez más a la nueva “intrusa” que a ojos de la señora Danvers profana con su sola presencia el santuario.

La estética de la habitación de Rebeca nos dirige por caminos del psicoanálisis donde emerge nuevamente la presencia de Danvers para mitificar a su deidad particular. Todo permanece como la última vez que la diosa puso los pies en ella. El modo en que acaricia la ropa interior, la perturbadora mirada de Danvers roza la psicopatía y es ahí donde intuimos la clase de relación que pudo existir entre el ama de llaves y su señora. Una relación lésbica quizá no correspondida por Rebeca que perdura mucho más allá del espacio y el tiempo, más allá de la vida y por supuesto de la muerte. Una especie de devoción donde  Danvers, Rebeca y Manderlay conforman un triángulo mágico que jamás podrá ser profanado. Es aquí donde el fuego cobrará vida como elemento purificador de una importancia sublime.

La ingenua nueva señora de Winter aparece en la historia sin nombre, algo que Hitchcock aprovechará para acentuar aún más la indefensión que el personaje sufre. Sabedor  de que Olivier prefería como compañera de reparto a su esposa, Vivien Leigh, el mago del suspense acrecentó la enemistad entre él y Joan Fontaine para conseguir en pantalla un mayor desamparo aún. El desarrollo de un inequívoco complejo de Electra la lleva a enamorarse perdidamente de Max de Winter, mayor que ella pero que de seguro le recuerda a su padre.

A pesar de la fragilidad del personaje, Hitch sabe encontrar tres momentos donde el personaje apocado se rebela contra su destino haciendo avanzar la historia. Pasaremos de los besos castos del principio (donde el complejo de Electra está aún más latente) a los del tercio final donde incluso la veremos adoptando ya el nuevo rol de señora de Winter.

 El manejo de los espacios en Hitchcock dota a los planos de una modernidad incuestionable. No necesita recurrir a un flash back porque su modo de mover la lente lo explica todo, lo presente y lo ausente, es el rey del inserto.

La muerte de Rebeca es contada de modo distinto en novela y película, un detalle que resta fuerza en el film y cambia la visión que tenemos de la pareja protagonista. Circunstancia que el mago británico utiliza para introducir uno de sus temas recurrentes en su filmografía, el acusado injustamente que trata de demostrar su inocencia.

Y cuando todo parece  que  va a ser resuelto de modo apresurado y políticamente correcto, aparece la secuencia final que nos arrastra a dos existencias paralelas que confluirán en el futuro,  la de la vida probablemente aburrida y tranquila de la pareja protagonista y otra absolutamente arrebatadora y llena de pasión enfermiza entre el triángulo fascinante que forman Danvers, Rebeca y por supuesto…la eterna Manderlay

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LA INOCENCIA ARREBATADA

Ningún recuerdo pervive más en nuestro interior que aquel que es adquirido siendo un niño. Nada de lo que venga después podrá desplazar a aquello que se adentró en nuestro ser cuando empezábamos a vivir.

En 1999 José Luis Cuerda adaptó  el libro de relatos de Manuel Rivas “¿Qué me quieres amor?” para regalarnos una maravillosa e iniciática película que emociona desde la verdad. Supone el descubrimiento de un actor infantil como Manuel Lozano y una nueva exhibición  interpretativa de ese coloso del cine mundial que era Fernando Fernán Gómez.

“La lengua de las mariposas” es sobre todas las cosas un admirable homenaje a aquellos maestros de la República que introdujeron métodos innovadores que toparían con la siempre inoportuna oposición,  primero de la Iglesia (“…a veces el infierno somos nosotros mismos…”)  y luego del Estado Autoritario saliente tras la contienda nacional. El lazo que une al profesor Don Gregorio con Montxo, el niño protagonista,  será tan estrecho que hasta el cura del pueblo se quejará de la inclinación del joven alumno por las ciencias en lugar de por la religión “…Nidos tepentes absilunt aves..” (Saltan las aves del calor de los nidos).

La relación que nacerá entre profesor y alumno nos lleva irremisiblemente a un tema recurrente en la historia de la filmografía pero la sensibilidad con la que el director manchego nos acerca a los personajes hará que todo fluya de manera ágil y solvente. A pesar de los tópicos que puedan presentarse ésta es una historia donde el componente pedagógico y sentimental impregna toda la cinta. Las continuas referencias al desarrollo en el alumno de la capacidad para despertar la curiosidad entroncan con la idea de libertad que quiere transmitir el film en la figura del viejo profesor “…Libertas virorum fortium pectora acuit…”(La libertad estimula el espíritu de los hombres fuertes).  La idea primigenia de que solo en dicha libertad el hombre es capaz de lograr todo lo que se propone y crecer como persona se contrapone con la enseñanza rígida e inmovilista que predominaría tras la Guerra Civil.

“…Si conseguimos que una sola generación crezca libre en España, ya nadie les podrá arrancar nunca la libertad, nadie les podrá robar ese tesoro…”

La libertad como tema principal de la película (“…las mujeres podemos votar gracias a la República…”) Don Gregorio ejemplifica esos maestros de la República que serían duramente reprimidos, algunos exterminados y otros privados de poder ejercer hasta el fin de sus días de forma oficial. “…ustedes los maestros son las luces de la República…” dirá con orgullo el personaje del padre de Montxo, el sastre del pueblo quien henchido de satisfacción se proclama “…republicano y de don Manuel Azaña…”. La idea de una escuela pública, laica y mixta, el alumno como protagonista de su formación, …el anhelo de enseñar a los niños en base a sus conocimientos y no a su capacidad económica. La ILE (Institución Libre de Enseñanza) como verdadero soporte intelectual. Todo quedará erradicado tras la sangrienta Guerra Civil que supondrá un retroceso descomunal en la formación y crecimiento del país.

Aún destacando el contexto político e histórico en el que situamos la película (los meses previos al Golpe de Estado que provoca la Guerra Civil del 36) es importante destacar que Cuerda no hace una utilización maniquea de este contexto y  quizá lo más destacado es el elemento puramente pedagógico. El despertar a la vida del pequeño Montxo,a través de las enseñanzas libres de prejuicios moralistas del viejo profesor, son una constante que además refuerzan la idea de que la docencia debe ejercer en el alumno un efecto más constructivo que instructivo. El aprendizaje significativo de Vygostky y cómo dirigir y organizarlo como paso previo a la adquisición por parte del niño de las facetas ya interiorizadas que le permitan dominar las estructuras cognoscitivas que la actividad requiera. En definitiva enseñar a descubrir a los niños cómo realizar las tareas en lugar de explicarles cómo solucionarlas.  Destacan aspectos como la atención individualizada de los alumnos, las salidas a la naturaleza, el conocimiento práctico del entorno, las clases participativas, …la capacidad de don Gregorio para hacer pensar a sus alumnos. Tampoco es casual la inclusión de la lectura de poemas de Machado en la escuela ya que el poeta sevillano será un referente cultural imprescindible en la República.

Además de la relación puramente docente entre alumnos y profesor encontramos elementos iniciáticos que también son permeables en el niño. No es casualidad que su hermano toque el saxofón en la orquesta del pueblo de la que Montxo es el abanderado. La música tiene aquí una importancia enorme, tanto en la banda sonora que impregna de nostalgia toda la cinta como en la utilización del pasodoble “En er Mundo” que establece un paralelismo precioso entre el descubrimiento del primer amor y la primera decepción amorosa a través de una maravillosa interpretación del mismo en la verbena de Santa Marta de Lombás. (el mismo pasodoble lo utiliza Erice en “El Sur” para ejemplificar otro tipo de amor, esta vez padre e hija)

Con un guión prodigioso del maestro Rafael Azcona, estamos ante un ejercicio de cine de un director que ya nos había maravillado en “El bosque animado” (adaptando al gran Wenceslao Fernández Flórez) y en la imprescindible “Amanece que no es poco”. Si en estas dos cintas nos había mostrado sus magníficas dotes para dirigir comedia costumbrista, aquí realiza un magnífico trabajo sobretodo en la dirección de actores, en la puesta en escena y en una sucesión de planos entre los que destacan los que suponen un vínculo entre profesor y alumno a través de la mirada embelesada de éste. El asombroso talento de Azcona para retratar arquetipos como el cacique del pueblo, la Iglesia que va perdiendo fieles con la República o reflejar la cobardía o traición como elementos de supervivencia a costa de la propia dignidad son elementos cruciales en el desarrollo final de la  película.

La cinta se cierra como en un círculo y de nuevo Montxo tendrá que afrontar cómo será su vida a partir de ese momento  tras haberle sido arrancada la inocencia. El director nos hace un guiño final quizá de optimismo, cuando el niño grite esas dos palabras que lo unirán de por vida al maestro: Tilonorrenco, Espiritrompa…Es justo en ese instante en el que notaremos como el corazón se nos encoge y un nudo recorrerá nuestras gargantas emocionados, estremecidos y por supuesto …conmovidos.

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La librería ambulante. Christopher Morley

Regresaba nuestro Club de lectura, Librorum et Guale, este pasado 4 de abril con una magnífica reunión

No es habitual que un libro resulte tan del agrado de todos los participantes en las reuniones del Club. Por eso, este título merece un lugar de honor entre las ya abundantes novelas leídas en estos casi 5 años de andadura.

Y es que el próximo 8 de mayo se cumple un lustro de reuniones, encuentros y tertulias en Librorum et Gulae. ¡Habrá que celebrarlo como merece!

Volviendo al libro de Morley, nos encontramos con una bonita edición de Ed. Periférica en tapa dura que no llega a las 200 páginas pero que destilan encanto en cada una de ellas.

La librería ambulante, Christopher Morley

El texto, escrito en 1917, narra la historia de la señorita Helen McGill, una soltera ya entrada en años que se encarga de cocinar, del cuidado de una granja así como de su hermano, que se ha convertido en escritor de éxito.

Libros que hablan de libros

Un día llegará a la granja el Sr. Mifflin, con su parnaso -librería ambulante- con el objeto de vendérselo al hermano de Helen. Ella decide que será quien se adelante y lo compre. De este modo se convierte en la propietaria de este carro repleto de libros. Con él recorrerá caminos y granjas llevando el libro adecuado a cada lugar.

Así que los dos emprenden un viaje juntos, para que Mifflin pueda explicar a Helen los entresijos del negocio y, a su vez, ella lo acompañe hasta el tren que ha de llevarlo a él a Brooklyn donde piensa escribir sus memorias, que serán todo un éxito.

La historia, que transcurre en unos pocos días, los lleva a vivir una larga serie de aventuras, contadas con un fino humor y con constantes referencias literarias.

Este sencillo cuento ha pasado a ser uno de los textos que más ha gustado en el Club. Y es que a veces resulta insuperable que un libro hable con tanto amor y delicadeza de libros, ¿no crees?

Si la lees y te quedas con ganas de más, recuerda que puedas continuar con «La librería encantada«. Continuación del libro con nuestra entrañable pareja ya ubicada en una librería física en el mismísimo Brooklyn.

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El retorno, Dulce María Cardoso

No creo que olvide nunca este libro. El retorno, de la portuguesa Dulce María Cardoso (Tras-os-Montes, 1964), junta tantos atractivos memorialistas, narrativos y sentimentales que marca un hito muy interesante en la literatura de este territorio de extraña mezcolanza que llamamos Iberia.

Cardoso tiene todas las cualidades para que los lectores de España y Portugal no caigamos en el histórico error, por favor, de mirarnos de reojo o de soslayo y hasta con un punto de desconfianza, como ha pasado casi siempre entre estos vecinos en otros muchos ámbitos. Lo logra a través de una forma de contar tierna, muy sincera, cálida, intensa y directa.

Cientos de miles de portugueses, la mayoría de los cuales jamás habían estado en Portugal porque eran colonos en las posesiones lusas del África colonial, se ven obligados a abandonar sus casas y sus vidas por mor de una emancipación bélica, desordenada y caótica. Esa es la base todo cuanto ocurre en El retorno.

La metrópoli, esa «maravillosa» madre europea que el imperialismo decadente contaba en las escuelas de Angola, Mozambique o Cabo Verde, no es ni tan maravillosa ni tan madre. Es más bien una madrastra nada acogedora. Y con ello han de lidiar Rui, el omnipresente protagonista de esta historia dicha en primera persona con gran intensidad, y su familia. Son los retornados, ciudadanos de segunda fila que lo han perdido todo. Y a los que nadie quiere pero a los que la Historia -esta vez con mayúsculas- empuja a tener que dar cabida deprisa y corriendo.

El retorno será objeto de debate en el Club de Lectura de Librería Nobel San Pedro este 2 de mayo a partir de las 19.30 horas. Una cita inexcusable.

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CUENTO DE VERANO

Verano del 83, en una villa del norte de Italia, Elio pasa los días leyendo libros, tocando música y escuchando discos. De vez en cuando sale a nadar y de fiesta con amigas y amigos. Un verano normal en la vida de un chico de clase media alta, un verano más que sin embargo con la llegada de Oliver, el ayudante norteamericano de su padre, va a cambiar para convertirse en el verano más importante de su vida.

Luca Guadagnino dirige la adaptación de la novela de André Aciman de 2007, “Call me by your name” una maravillosa película que nos habla de ese terrible paso de la adolescencia a la madurez a través de un joven de 17 años cuyo despertar sexual y amoroso le hará circular por senderos que nunca imaginó.

El reputado director James Ivory fue el responsable de la adaptación literaria de la novela mientras el cineasta italiano  se encargaba de la dirección. Surge de esta colaboración una especie de simbiosis que dota curiosamente a la cinta de un estilo muy reconocible a la vez que personal. Ese aire de cine pausado que nos invita a ser espectadores de excepción de las vidas de otros, está maravillosamente rodado, con un tempo preciso en el que los planos de las miradas hablan y dicen siempre mucho más que las palabras. Porque ésta es una película de miradas y silencios pero también de conversaciones que fluyen, de cosas que intuimos y que descubrimos desde nuestra privilegiada posición de espectadores frente a sus vidas.  Esa mezcla de sentimientos viene aderezada con la evocadora música de Ryuichi Sakamoto o André Laplante que añade aún mayor emoción.

“Call me by your name”  es una sencilla historia de amor, entre un chico de 17 años y otro de 28 que marcará la vida del primero para siempre. Está rodada con un buen gusto y una delicadeza que nos hace viajar a la cinta de James Ivory de 1987 “Maurice” pero también nos recuerda por ese delicado uso de la luz al mejor Linklater de “Before Midnight” de 2013 o a Rohmer y sus cuentos morales. Tiene la delicadeza de las cosas hechas desde la verdad. La calidez del verano para despertar las pasiones ocultas de un joven que empieza a vivir su vida de adulto, llena de contradicciones, de frustraciones y de impulsos a reprimir.

La magia quizá de esta película resida en la capacidad para crear una atmósfera envolvente que nos seduce al igual que a Elio a través de esa luz que solo los países del Mediterráneo poseen. Esos veranos en el campo, donde podemos sentir el calor a través de la pantalla, donde los sonidos son tan importantes y se entremezclan con las propias sensaciones del protagonista, que transita entre los deseos ocultos y el descubrimiento de su identidad sexual. Además esta película nos conecta con los protagonistas porque habla de temas que a todos nos son comunes y reconocibles, nos habla de la magia y el encanto de los primeros amores que como casi siempre suelen ocurrir en verano, del desengaño amoroso, de las pasiones que empiezan a emerger, de la sinuosa y vertiginosa travesía de la adolescencia a la edad adulta. Es precisamente esa conexión con  el espectador la que hace que esta película empaste de modo tan brillante, porque además nos deja momentos extraordinarios para el recuerdo.

Luca Guadagnino rueda admirablemente los encuentros entre ambos protagonistas separando la cámara con una especie de pudor con el que invita al espectador a dejarlos solos. Su modo de colocar la cámara para sugerir en determinados momentos pareciera una manera de concederles mayor privacidad y desterrar una inquisidora intromisión del espectador.

Por otro lado, Guadagnino nos reserva para el tramo final de la cinta la secuencia que define como personaje al padre de Elio, a través de una conversación plena de respeto, amor, tolerancia y ternura. Una secuencia admirable que nos presenta la cercanía de un padre ante su hijo como pocas veces lo ha hecho el cine. Un derroche de generosidad, de empatía que al igual que al personaje de Elio, nos atrapa y conmueve a partes iguales.

“Call me by your name” no es una película  reivindicativa, es mucho más que eso, es una simple historia de amor y no hay mayor reivindicación que la naturalidad de las relaciones humanas entre dos seres que se encuentran para no olvidarse jamás. El plano final del rostro de Elio con la mirada fija y perdida mientras comienzan a salir los títulos de crédito tiene un vigor narrativo enorme que trasciende de la propia historia para como decía Beatriz Martínez “…establecer un vínculo especial e íntimo con ella…”₁.

(₁ Beatriz Martínez en “Call me by your name, el embrujo del primer amor” (El Periódico 25/01/2018))

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El orden del día, Eric Vuillard

Novela breve, de 145 páginas, Premio Goncourt 2017.

Gracias a la referencia de uno de esos clientes que pasan de vez en cuando por Nobel San Pedro, clientes que al cabo de un tiempo pasan a ser mucho más que eso, llegó a mis manos esta corta novela.

Aunque el texto parte de una reunión secreta llevada a cabo en febrero de 1933 por Hitler con una amplia representación de grandes empresarios de la época, resulta «inquietantemente actual» ver como lo que refleja a través de anécdotas y hechos reales, se mantiene con completa vigencia.

La mencionada reunión busca que esos poderosos industriales financien la campaña política que comienza a desarrollar Hitler y que acabará como ya todos conocemos. Estos, cederán grandes cantidades de dinero pensando que, de ese modo, evitarán el auge del comunismo por una parte y conseguirán mantener sus privilegiadas posiciones por otra. Son los grandes propietarios de empresas (más grandes aún que ellos, ¡ay!) que, a día de hoy siguen siendo de las más importantes a nivel mundial: Bayer, Opel o Siemens, entre otras.

Dice una frase al comienzo del libro que “Son nuestros coches, nuestras lavadoras, nuestros artículos de limpieza, nuestras radios despertadores, el seguro de nuestra casa, la pila de nuestro reloj. Están ahí, en todas partes, bajo la forma de cosas. Nuestra vida cotidiana es la suya”.

Estremecen esas últimas 6 palabras cuando las asimilas en ese contexto.


En la fotografía de portada Gustav von Krupp, poderoso gestor del grupo Krupp AG, la compañía que desde hace décadas lidera en Alemania la producción de acero, armamento y maquinaría agrícola pesada.

Recorremos a través de sus páginas y siguiendo la narración de varias anécdotas, varios pasajes que remarcan que Hitler acabó derrotado pero estos gigantes de la economía obtuvieron ingentes beneficios de los que prácticamente no tuvieron que responder pese al cinismo y falta de valores mostrados. Por ejemplo, con el pago de cantidades ridículas como compensación a la mano de obra esclava usada en sus fábricas durante todo el periodo de hegemonía nazi

Me dio la impresión de que tanto el primer capítulo como el último resultan
impactantes, tanto como para decir que podría ser suficiente con la simple lectura de ambos.

Antes de acabar, es obligado mencionar el «poético encuentro» de un ya senil Krupp (protagonista de la portada) con los fantasmas de victimas y sufridores de las campañas emprendidas con sus aportaciones de capital.

Como conclusión, resulta muy recomendable la lectura de este Premio Goncourt, solo necesitarás un par de ratos. Disfrutarás una buena literatura que te obliga a hacer una reflexión con completa vigencia en pleno siglo XXI pese a contarnos eventos ocurridos a principios de la década de los 30.

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Un amor, de Alejandro Palomas

Este fue el libro comentado en nuestra última reunión el pasado jueves, 24 de enero de 2019.

No hace mucho que María José Moreno ya nos hablaba en un artículo de Alejandro Palomas y «su madre, su perro y su amor».

En nuestra última reunión de Librorum et Gulae, nuestro Club de lectura como ya sabéis, comentamos la novela Un amor, Premio Nadal 2018 y editado por el sello Destino, de editorial Planeta. Si bien es la novela que cerraría esa trilogía familiar, puede leerse, como las otras, de forma independiente aunque te puedan quedar ciertos hilos sin terminar de amarrar.

Son poco más de 450 páginas que se leen rápidamente gracias a una escritura ágil y fluida. Una novela con buena opinión general entre los que la leímos. Particularmente me pareció que podría sobrarle un buen puñado de páginas a una historia que se desarrolla en un plazo muy corto de horas. Horas en las que el destino ha hecho coincidir la boda de Emma, hermana de Silvia y Fer, con el cumpleaños de Amalia, madre de estos.

Entre preparativos de estos acontecimientos se nos irán intercalando historias familiares, anécdotas y hechos pasados que completan la novela y nos acercan al resto de personajes.

Amalia resulta todo un personaje que hay que destacar, Palomas consigue que acabes encantado con ella, aunque sea especialmente desesperante para sus hijos por momentos. Muestra el autor una gran capacidad para llevarte por una montaña rusa de sentimientos a través de la sensibilidad de su escritura, destacando bajo mi punto de vista los momentos divertidos y locos.

En conclusión, una aceptable novela y bien escrita que consigue que te sumerjas en el particular mundo de estos personajes.

Otro día, quizás, podríamos hablar de la relación entre premios literarios y calidad del texto premiado…

Y para febrero, os recordamos que leeremos «La reina sin reino», de Peridis. Nos vemos el día 21, a las 19,30h!!!

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EL CINE HECHO POESÍA

Dicen que siempre regresamos al lugar donde fuimos felices, aunque solo sea con la mente. Eso es el sur, el lugar al que regresar para alcanzar la felicidad. Ese sur que evoca atardeceres, luz y alegría. El sur es olor a jazmín y a hierbabuena, a naranjos en flor. Es un paisaje lleno de olivos y es el mar que baña sus tierras. El Sur, es un paraíso donde una vez Agustín fue feliz.

En 1983 Víctor Erice dirigió su segunda película,  “El Sur”. Una magistral obra de arte nacida desde el intimismo y que a su vez, paradójicamente,  es una obra inacabada. Según palabras de su propio creador, esta cinta no muestra el espíritu de una historia que nace de la pluma de Adelaida García Morales, pareja del propio Erice,  en dos relatos cortos llamados “El sur” y “Bene”que Anagrama editó dos años después de la película. Esa segunda parte que jamás vio la luz cinematográfica nos muestra ese sur que cobra vida para dejar de ser ese elemento mágico y a la vez misterioso al que querer regresar. El sur aparece para mostrarnos ese viaje que Agustín nunca podrá realizar, a través de Estrella, su hija y auténtica protagonista del film, ya que es su visión la que se nos presenta como guía para entenderlo todo.  

Los problemas de producción hicieron que la obra quedara tal y como la conocemos dotándola de otro sentido, igualmente maravilloso pero diferente al ideado por Erice. La obra cercenada nos presenta al sur como algo utópico, un universo donde poder alcanzar la felicidad perdida, un paraje lleno de luz que lo inunda todo y que contrasta con el evidente y sombrío norte que simboliza aquí la amargura, la tristeza y la melancolía de la España de los cincuenta.

“El Sur” es un viaje iniciático, un camino desde la infancia a la madurez. Tratado desde espacios invisibles donde las cosas se intuyen y los silencios se vuelven protagonistas. Nos habla también de los exilios del protagonista, el externo al tener que vivir en el norte y del interno  donde la melancolía y la nostalgia lo invaden todo. El intimismo de Erice nos hace circular por senderos que se nos vuelven lugares comunes pero que a su vez nos emocionan.

El estilo de Erice es poético, visualmente tiene una fuerza enorme, construyendo una película a base de recuerdos. Los recuerdos de Estrella a través de los cuales conoceremos cómo era la historia. Unos recuerdos que nos invaden desde la poderosísima mirada de Sonsoles Aranguren,  la actriz que la interpreta de pequeña hasta una adolescente Icíar Bollaín que representa esa edad en la que todo empieza a ser cuestionado. Es en este viaje donde encontraremos el sentido a lamelancolía del personaje de Agustín, un extraordinario Omero Antonutti, que guarda un secreto que Estrella intentará descubrir.  En la cinta que Erice pensó, Estrella al descubrir dicho secreto cerraría el círculo iniciado en esa primera escena donde la vemos mover un péndulo que ejemplifica su mundo interior para presentarnos la historia como una especie de diario de imágenes y recuerdos de la propia Estrella.

 La relación con su padre transita por el misterio, la magia, y una complicidad que no poseen ninguno de los miembros de la familia. Crece entre la admiración y el saber que existe ese secreto que su padre oculta y que la hará conocerle como nadie. La voz en off de Estrella, ya adulta, nos hace viajar a la memoria diferenciándonos claramente el mundo real del que imaginamos. La idealización del padre  da paso a un mayor entendimiento que culmina con una secuencia maravillosa casi al final de la película.

Los planos de las miradas de fascinación de la niña al padre se reflejan perfectamente consiguiendo que el espectador empatice con la relación padre-hija desde el primer momento. Esto sin embargo está rodado con sobriedad y belleza, cualidades que son un sello personal en el cine de Erice. La capacidad para emocionarnos de este director queda reflejada en una secuencia icónica dentro del cine español, donde suena el pasodoble “En er Mundo” y la cámara se sitúa en contrapicado mostrando  el baile el día de la Comunión de Estrella entre su padre y ella. Desde la admiración que la niña siente, la cámara se fija desde abajo realzando las miradas cómplices de amor verdadero entre padree hija.

Estamos ante la película más grande de la historia del cinepatrio, un ejercicio de buen gusto, que nos reconcilia con un modo distinto de hacer cine basado en la pausa, en el uso adecuado de los tiempos, de un lirismo visual que entronca con la emoción de contar historias a través de los sentimientos, un relato evocador de singular belleza que posee la magia de ser una perfección inacabada y que nos obliga a transitar por ese mencionado trayecto de emociones y poesía visual.

Rubén Moreno

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EL BOSQUE DE LOS HOMBRES LIBRO

«Solo se alcanza la felicidad, estando todos al mismo nivel, por eso debemos quemar los libros…” Esta perniciosa afirmación ejemplifica el pensamiento único que trata de envilecer las mentes humanas homogeneizando todas las opiniones, sueños y comportamientos.

 Ray Bradbury  publicó en 1953 una maravillosa novela que François Truffaut llevó al cine en 1966. Surgida como crítica a la manipulación que empezaban a ejercer determinados medios de comunicación que postergaban a la cultura a un plano totalmente secundario; la novela es también un canto a la libertad de pensamiento que se ve coartada desde determinados espacios de poder. En plena Caza de Brujas del senador MacCarthy la historia además supone una reivindicación de las libertades que se estaban suprimiendo durante ese período negro de la historia de Estados Unidos.

La idea principal de “Farenheit 451” circula sobre un futuro distópico en el que el Cuerpo de Bomberos no se dedica a apagar incendios sino a la quema de libros (de ahí el título, ya que la temperatura a la que arde el papel son esos 451 grados) . ¿Por qué quemar libros? El Estado no puede permitir que los ciudadanos desarrollen inquietudes intelectuales que les distraigan del discurso oficial. Este panorama desolador nos lleva una sociedad absolutamente idiotizada que basa su existencia en la superficialidad, en la materialidad y que venera todo lo que contempla a través de una gran pantalla en casa. Una sociedad en la que además de estar prohibidos los libros también lo están cosas tan sencillas como conducir despacio o simplemente dar un paseo. En este escenario el protagonista de la historia, Guy Montag (Oskar Werner)  un bombero,  conoce a Clarisse, una chica potencialmente peligrosa ya que en palabras del jefe de Montag, “…no se plantea cómo hacer las cosas sino el por qué…”. A partir de este encuentro el hasta entonces disciplinado Montag comenzará a redefinir  nuevos escenarios en su propia existencia.

Truffaut alejado de sus orígenes de la Nouvelle Vague supo plasmar su sello en esta adaptación guionizando junto a Jean Louis Richard el texto de Bradbury, cambiando algunas cosas de la novela en beneficio del lenguaje narrativo de la propia película. Así podemos encontrar como uno de los personajes clave en la novela, Faber es aquí solo citado de pasada y sustituida su influencia por la chica que Montag conoce. Es ella la que le hablará de ese refugio llamado “el bosque de los hombres libro”, el lugar al que huir para salvar la cultura. Un lugar maravilloso al que escapar y donde los disidentes han ido memorizando los libros para que nunca se pierdan.

Una adorable Julie Christie interpreta dos papeles a la vez, el de la esposa de Montag, llamada aquí Linda (Mildred en la novela) y el de Clarisse que aquí es una profesora de 20 años (en la novela es una estudiante de 17). La genialidad de Truffaut lleva a la actriz británica a sustituir las dos opciones primeras, Jean Seberg y Jane Fonda, utilizandola para los dos papeles, a los que diferenciará en pantalla a través del corte de pelo y de unos encuadres distintos. A Linda la filma de perfil para resaltar la desconfianza que transmite y a Clarisse de frente para ensalzar todo lo contrario… su transparencia.

Esta idea, junto a la del uso de la fotografía de Nicholas Roeg, de un cromatismo basado en tonos rojos que resalta la idea del fuego como elemento destructor de todo,  entronca de forma brillante con la necesidad de contar la angustia de una sociedad abocada a la destrucción. La guerra está presente en la novela de forma mucho más evidente, así como la manipulación de los medios que la ocultan al pueblo. En la novela de Bradbury la referencia a la guerra nos lleva a un desenlace más esperanzador que el de la cinta de Truffaut quien por otro lado filma una maravillosa secuencia en “el bosque de los hombres libro”, bajo la influencia hitchcockiana de la música de Bernard Hermann, que dota de un lirismo extraordinario ese momento mágico en el que los disidentes van presentándose no como personas sino como las obras que han memorizado.

Las referencias literarias de la cinta de Truffaut vienen de sus propios gustos personales y así podemos encontrar citas a J.D. Sallinger, Marcel Proust, Henry Miller, Mark Twain, Herman Melville, Dostoievski, Dickens o Jane Austen entre otros.

Es el momento de plantearse si seríamos capaces de vivir en un mundo donde no existieran los libros, donde los grandes clásicos que nos han acompañado toda la vida dejarán de existir y fueran olvidados. Este escenario, absolutamente desolador adquiere una peligrosa vigencia en los tiempos actuales donde se desprecian las formas culturales diversas y se intentan coartar los derechos fundamentales de la creación artística en forma de censura velada o no. La supresión total o parcial de cualquier manifestación artística debería hacernos replantear nuestro modelo de sociedad.

Mientras tanto podemos seguir disfrutando de ese inmenso placer que son los libros, ese vehículo extraordinario que nos hace viajar sin movernos, nos abre la mente, nos llena de ilusiones, nos da esperanzas y sobretodo nos hace mejores personas.

 

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