ETERNA MANDERLAY

“…Anoche soñé que volvía a Manderlay…”, inquietante y perturbador arranque de esta especie de cuento de hadas llamado “Rebeca” que sir Alfred Hitchcock dirigió para los estudios de David O. Selznick en 1940, adaptando la ya maravillosa novela de Daphne du Maurier quien sin duda se ve influenciada por un hecho personal que da como resultado la gestación de la novela. Interpretada por Joan Fontaine y Laurence Olivier estamos ante una de las grandes obras maestras de la historia del cine.

El poderoso influjo de la voz en off se adentra en nuestros oídos para presentarnos la majestuosidad de Manderlay (representación en la ficción de Milton Hall, la casa privada más grande de Cambridgeshire y hogar de los Wentworth-Fitzwilliam)  como un personaje más dentro de esta enrevesada historia de ausencias y presencias, que a medida que avanza va atrapándonos como en una tela de araña de la que es imposible escapar.

Manderlay tiene vida propia pero sin duda la presencia de la señora Danvers (pluscuamperfecta Judith Anderson)  es lo que la mantiene como un templo casi sagrado. El ama de llaves más inquietante de la historia del cine nos sumergirá a través de su gélida mirada en un universo plagado de misterio. El tránsito entre la melancolía por su amada señora de Winter y el odio hacia la nueva inquilina de Manderlay la hará caminar por senderos que escapan de la razón.

“Rebeca” es un cuento de hadas de atmósfera turbia, donde la ingenua  que interpreta Joan Fontaine emula a una especie de Cenicienta indefensa que ante la malvada bruja que puede llegar a representar la señora Danvers va empequeñeciéndose cada vez más. Manderlay, es una mansión casi, se diría, gótica donde la presencia de la antigua señora de Winter puede casi palparse físicamente. El aire que se respira está completamente impregnado de su olor, casi podemos verla a pesar de que en un maravilloso acierto de Hitchcock, jamás aparece. La magia de sir Alfred nos hará intuir y casi sentir cómo era Rebeca de Winter y qué efecto provocó en el intachable George Fortesquieu Maximiliam que tan espléndidamente interpreta Laurence Olivier.  La codicia, los anhelos, las obsesiones, el amor y la falta de éste, el honor, …todo se percibe en el clima que se crea en torno a los gruesos muros de Manderlay. El ambiente casi claustrofóbico va atormentando cada vez más a la nueva “intrusa” que a ojos de la señora Danvers profana con su sola presencia el santuario.

La estética de la habitación de Rebeca nos dirige por caminos del psicoanálisis donde emerge nuevamente la presencia de Danvers para mitificar a su deidad particular. Todo permanece como la última vez que la diosa puso los pies en ella. El modo en que acaricia la ropa interior, la perturbadora mirada de Danvers roza la psicopatía y es ahí donde intuimos la clase de relación que pudo existir entre el ama de llaves y su señora. Una relación lésbica quizá no correspondida por Rebeca que perdura mucho más allá del espacio y el tiempo, más allá de la vida y por supuesto de la muerte. Una especie de devoción donde  Danvers, Rebeca y Manderlay conforman un triángulo mágico que jamás podrá ser profanado. Es aquí donde el fuego cobrará vida como elemento purificador de una importancia sublime.

La ingenua nueva señora de Winter aparece en la historia sin nombre, algo que Hitchcock aprovechará para acentuar aún más la indefensión que el personaje sufre. Sabedor  de que Olivier prefería como compañera de reparto a su esposa, Vivien Leigh, el mago del suspense acrecentó la enemistad entre él y Joan Fontaine para conseguir en pantalla un mayor desamparo aún. El desarrollo de un inequívoco complejo de Electra la lleva a enamorarse perdidamente de Max de Winter, mayor que ella pero que de seguro le recuerda a su padre.

A pesar de la fragilidad del personaje, Hitch sabe encontrar tres momentos donde el personaje apocado se rebela contra su destino haciendo avanzar la historia. Pasaremos de los besos castos del principio (donde el complejo de Electra está aún más latente) a los del tercio final donde incluso la veremos adoptando ya el nuevo rol de señora de Winter.

 El manejo de los espacios en Hitchcock dota a los planos de una modernidad incuestionable. No necesita recurrir a un flash back porque su modo de mover la lente lo explica todo, lo presente y lo ausente, es el rey del inserto.

La muerte de Rebeca es contada de modo distinto en novela y película, un detalle que resta fuerza en el film y cambia la visión que tenemos de la pareja protagonista. Circunstancia que el mago británico utiliza para introducir uno de sus temas recurrentes en su filmografía, el acusado injustamente que trata de demostrar su inocencia.

Y cuando todo parece  que  va a ser resuelto de modo apresurado y políticamente correcto, aparece la secuencia final que nos arrastra a dos existencias paralelas que confluirán en el futuro,  la de la vida probablemente aburrida y tranquila de la pareja protagonista y otra absolutamente arrebatadora y llena de pasión enfermiza entre el triángulo fascinante que forman Danvers, Rebeca y por supuesto…la eterna Manderlay

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LA INOCENCIA ARREBATADA

Ningún recuerdo pervive más en nuestro interior que aquel que es adquirido siendo un niño. Nada de lo que venga después podrá desplazar a aquello que se adentró en nuestro ser cuando empezábamos a vivir.

En 1999 José Luis Cuerda adaptó  el libro de relatos de Manuel Rivas “¿Qué me quieres amor?” para regalarnos una maravillosa e iniciática película que emociona desde la verdad. Supone el descubrimiento de un actor infantil como Manuel Lozano y una nueva exhibición  interpretativa de ese coloso del cine mundial que era Fernando Fernán Gómez.

“La lengua de las mariposas” es sobre todas las cosas un admirable homenaje a aquellos maestros de la República que introdujeron métodos innovadores que toparían con la siempre inoportuna oposición,  primero de la Iglesia (“…a veces el infierno somos nosotros mismos…”)  y luego del Estado Autoritario saliente tras la contienda nacional. El lazo que une al profesor Don Gregorio con Montxo, el niño protagonista,  será tan estrecho que hasta el cura del pueblo se quejará de la inclinación del joven alumno por las ciencias en lugar de por la religión “…Nidos tepentes absilunt aves..” (Saltan las aves del calor de los nidos).

La relación que nacerá entre profesor y alumno nos lleva irremisiblemente a un tema recurrente en la historia de la filmografía pero la sensibilidad con la que el director manchego nos acerca a los personajes hará que todo fluya de manera ágil y solvente. A pesar de los tópicos que puedan presentarse ésta es una historia donde el componente pedagógico y sentimental impregna toda la cinta. Las continuas referencias al desarrollo en el alumno de la capacidad para despertar la curiosidad entroncan con la idea de libertad que quiere transmitir el film en la figura del viejo profesor “…Libertas virorum fortium pectora acuit…”(La libertad estimula el espíritu de los hombres fuertes).  La idea primigenia de que solo en dicha libertad el hombre es capaz de lograr todo lo que se propone y crecer como persona se contrapone con la enseñanza rígida e inmovilista que predominaría tras la Guerra Civil.

“…Si conseguimos que una sola generación crezca libre en España, ya nadie les podrá arrancar nunca la libertad, nadie les podrá robar ese tesoro…”

La libertad como tema principal de la película (“…las mujeres podemos votar gracias a la República…”) Don Gregorio ejemplifica esos maestros de la República que serían duramente reprimidos, algunos exterminados y otros privados de poder ejercer hasta el fin de sus días de forma oficial. “…ustedes los maestros son las luces de la República…” dirá con orgullo el personaje del padre de Montxo, el sastre del pueblo quien henchido de satisfacción se proclama “…republicano y de don Manuel Azaña…”. La idea de una escuela pública, laica y mixta, el alumno como protagonista de su formación, …el anhelo de enseñar a los niños en base a sus conocimientos y no a su capacidad económica. La ILE (Institución Libre de Enseñanza) como verdadero soporte intelectual. Todo quedará erradicado tras la sangrienta Guerra Civil que supondrá un retroceso descomunal en la formación y crecimiento del país.

Aún destacando el contexto político e histórico en el que situamos la película (los meses previos al Golpe de Estado que provoca la Guerra Civil del 36) es importante destacar que Cuerda no hace una utilización maniquea de este contexto y  quizá lo más destacado es el elemento puramente pedagógico. El despertar a la vida del pequeño Montxo,a través de las enseñanzas libres de prejuicios moralistas del viejo profesor, son una constante que además refuerzan la idea de que la docencia debe ejercer en el alumno un efecto más constructivo que instructivo. El aprendizaje significativo de Vygostky y cómo dirigir y organizarlo como paso previo a la adquisición por parte del niño de las facetas ya interiorizadas que le permitan dominar las estructuras cognoscitivas que la actividad requiera. En definitiva enseñar a descubrir a los niños cómo realizar las tareas en lugar de explicarles cómo solucionarlas.  Destacan aspectos como la atención individualizada de los alumnos, las salidas a la naturaleza, el conocimiento práctico del entorno, las clases participativas, …la capacidad de don Gregorio para hacer pensar a sus alumnos. Tampoco es casual la inclusión de la lectura de poemas de Machado en la escuela ya que el poeta sevillano será un referente cultural imprescindible en la República.

Además de la relación puramente docente entre alumnos y profesor encontramos elementos iniciáticos que también son permeables en el niño. No es casualidad que su hermano toque el saxofón en la orquesta del pueblo de la que Montxo es el abanderado. La música tiene aquí una importancia enorme, tanto en la banda sonora que impregna de nostalgia toda la cinta como en la utilización del pasodoble “En er Mundo” que establece un paralelismo precioso entre el descubrimiento del primer amor y la primera decepción amorosa a través de una maravillosa interpretación del mismo en la verbena de Santa Marta de Lombás. (el mismo pasodoble lo utiliza Erice en “El Sur” para ejemplificar otro tipo de amor, esta vez padre e hija)

Con un guión prodigioso del maestro Rafael Azcona, estamos ante un ejercicio de cine de un director que ya nos había maravillado en “El bosque animado” (adaptando al gran Wenceslao Fernández Flórez) y en la imprescindible “Amanece que no es poco”. Si en estas dos cintas nos había mostrado sus magníficas dotes para dirigir comedia costumbrista, aquí realiza un magnífico trabajo sobretodo en la dirección de actores, en la puesta en escena y en una sucesión de planos entre los que destacan los que suponen un vínculo entre profesor y alumno a través de la mirada embelesada de éste. El asombroso talento de Azcona para retratar arquetipos como el cacique del pueblo, la Iglesia que va perdiendo fieles con la República o reflejar la cobardía o traición como elementos de supervivencia a costa de la propia dignidad son elementos cruciales en el desarrollo final de la  película.

La cinta se cierra como en un círculo y de nuevo Montxo tendrá que afrontar cómo será su vida a partir de ese momento  tras haberle sido arrancada la inocencia. El director nos hace un guiño final quizá de optimismo, cuando el niño grite esas dos palabras que lo unirán de por vida al maestro: Tilonorrenco, Espiritrompa…Es justo en ese instante en el que notaremos como el corazón se nos encoge y un nudo recorrerá nuestras gargantas emocionados, estremecidos y por supuesto …conmovidos.

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