Las confesiones de Antonio Mairena

Hay un libro fundamental si lo que se quiere es explicar a la gente qué y cómo es el Flamenco. Ese título es Las confesiones de Antonio Mairena. Antonio Cruz García, que era su nombre real, vivió entre 1909 y 1983. Esos 74 años de vida los consagró a defender y poner en valor muchos aspectos muy atractivos -por lo auténtico y misterioso a veces- relacionados con la etnia gitana y un cante, toque y baile que acabaron por convertirse en el principal símbolo cultural de Andalucía y, más recientemente, Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.

Esta obra reúne varias cualidades: informa y hace aprender al no iniciado en esta música y lleva al recuerdo y al disfrute al ya conocedor del Flamenco porque lo traslada a su edad dorada. Las confesiones de Antonio Mairena contó con la inteligencia del catedrático de Historia del Derecho por la Universidad de Cádiz, y amigo de Antonio Mairena, Alberto García Ulecia, fallecido en 2003. Simplemente, dejó que Mairena hablase sobre su vida y quehacer y ordenó sus pensamientos por escrito. Por eso figuran ambos como autores.

La de Mairena, como el libro se encarga bien de reflejar, es una figura única. Lo es porque la Historia del Flamenco está minada de artistas para todos los gustos y colores, pero apenas los ha habido que se dedicaran a luchar por esta música -que estuvo denostada durante décadas- desde muy diversos frentes. Antonio Cruz García, Antonio Mairena, se crió en la fragua de una familia gitana de Mairena del Alcor. Y, pese a no haber apenas podido ir al colegio por obligaciones laborales, fue capaz de recuperar cantes, letras y artistas que estaban sumidos o en la pérdida histórica o en el más profundo desconocimiento social. Ésta fue la persona que dignificó el Flamenco, todo un activista. Lo llevó a las instituciones y a los teatros sacándolo de las fiestas de señoritos y de las tabernas. Lo dotó de libros, certámenes, estudios y antologías. Puso en valor toda la cultura que lo rodea.

Esta ingente lucha del cantaor y estudioso mairenero le llevó toda una vida, que de forma resumida pero repleta de datos y reflejos históricos de siete décadas, está reflejada en estas páginas.

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La sonrisa etrusca

Seguro que en el Renacimiento eran más listos que nosotros. Lo digo por cómo me ha maravillado La sonrisa etrusca, que publicara en el ya tan lejano mayo de 1985 un José Luis Sampedro que bien podría haber pertenecido a aquella era de la historia, pues no solo terminó sus días como excelente autor literario y miembro de la Real Academia de la Lengua Española, sino que fue además un notable catedrático de Estructura Económica. Así eran los sabios del Renacimiento. Multidisciplinares, no como ahora. Ahí es nada.

La sonrisa etrusca se centra en los últimos meses de vida de Salvatore Roncone, antiguo y orgulloso partisano de haber participado en la Segunda Guerra Mundial contra los nazis. Roncone -cuyo nombre de guerrillero era Bruno- acude a Milán desde la sureña Calabria para someterse a un tratamiento médico. Esta estancia en el gris y frío territorio norteño sirve a Sampedro no solo para recrearse en las diferencias entre la Italia del norte y la del sur, sino también en las que hay entre tiempos y generaciones que al Zío Roncone ya le cogen tan a trasmano…

Ésta es una novela sobre la vejez, el amor, la familia, el progreso con sus pros y contras, la lucha y la vitalidad. Tiene un fuerte pero ameno y entreverado contenido político e histórico y, además, es toda una elegía sobre el placer y la ternura de ser abuelo. Sampedro describe a los personajes, los lugares y los momentos con absoluta maestría, lo que hace que el ritmo narrativo fluya con una naturalidad pasmosa.

Absolutamente recomendable.

 

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