Diario de una alerta.

Día 24.


Tener que estar en casa, encerrado, tiene un pase. Pero que nos estén haciendo estos días tan feos, ¡Vaya tela!Nada, hemos vuelto a tener un día más gris que otra cosa, algún clarito dejó, pero solo eso.


Bueno, esté como esté el día, es lo que hay. No queda otra que seguir cierta rutina diaria. Levántate, desayuna, haces la cama y tal y al ordenador. Estado de la librería, un ojo a la cuenta del banco. Lo primero igual que los últimos veintitrés días, lo segundo bajando, bajando. Yo lo visualizo como el barco en la película Titanic, en la escena del hundimiento. Justo cuando se pone por fin en vertical y emprende su camino hacia las profundidades. ¿Lo imaginas, amigo diario? Pues tal cual.


Pensando en películas, cómo serán a medio plazo los rodajes con esto de mantener las distancias y los contactos. Qué complicado se antoja todo.
Por cierto, llevo días sin hablar del irreductible, del genuino, del magnífico grupo de los autónomos. Creo que a nosotros nos levantarán la cuarentena sin controles ni test. Nosotros nos cruzamos con alguien positivo y lo “descontagiamos” rápida y eficazmente. Y claro, con ese poderío es normal cómo nos valoran de bien los gobernantes. Maravilloso, vamos.


Y es que hoy ha hecho falta, una vez más, acudir a hacer la compra. Al volver, pasé un segundo por la librería y, bueno, ver el pueblo casi desierto resulta tan triste. Y mira que a estas alturas ya está uno comenzando a acostumbrarse. Pero, pensaba yo, en cómo sería cualquier sitio así, con todo cerrado pero con gente moviéndose por sus calles. ¿Lo puedes imaginar? Ahí está la importancia del negocio pequeño, vital por muy pequeñito que sea.


En fin, yo y mis reflexiones.


Carol curró hoy de tarde, un rollo porque se marcha a eso de las dos de la tarde y ya no regresa hasta, más o menos, las once de la noche.
Así que, como te iba diciendo, a media tarde me acerqué a llenar un poco la nevera. ¿Necesitará alguien un adolescente en casa? Es buena gente, come una “jartá”, pero si le das tecnología no da ruido (esto es otra lucha…) y de vez en cuando le da por contar chistes malos. Todo un chollo.


Total, igual cuela, pues no hay gente que parece que están alquilando a sus perros para que otros se den el paseíto por la calle. Un veterinario comentaba en las noticias que habían subido no sé cuánto las consultas por daños en las articulaciones de los animales. Yo, a estos energúmenos, no los multaba, ni cárcel siquiera… les ponía en una especie de la rueda esa que tienen los ratones en las jaulas a caminar hasta que “revienten”.


Y nada, se fue la tarde, con la compra hecha y la nevera casi llena. Después de cargarla y guardar toda la compra le hice una foto. Con la puerta abierta, claro. Es que en veinticuatro horas estará otra vez dando pena al abrirla. ¡Qué ruina!


¡Ah! Y me he encontrado al Tembleque en el super, es un crack el tío. Pura casualidad, eh. Que no nos hemos puesto de acuerdo para hacer la compra a la vez. Hemos mantenido una tertulia de dos o tres minutos con la prudente distancia de dos carros entre ambos. Ahora que lo pienso, podíamos habernos ido junto a las cervezas o vinos, habría sido lo más parecido a estar en un bar de charla.Necesito ya un botellín en «La abuela» o en «lo de Nono».


Y así ha llegado la hora de la cena. Un buen vaso de gazpacho y algo de picoteo. ¡Y fíjate! He tomado un poco de carne “mechá”. Mira que estaba rica y, mira también, con la tranquilidad que me la he comido. ¡Qué tiempos aquellos en que gozábamos de libertad pero no sé podían comer ciertos alimentos!


¿Será cierto aquello de cualquier tiempo pasado fue mejor?


No sé, voy a meditarlo con la almohada. Que ya llegó Carol y hoy ni serie ni peli.


Buenas noches.

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Autor: Alberto López Barrio

Nací en 1973, el destino nos llevó a San Pedro de Alcántara donde, en julio de 2011, abrimos una librería, Espacio Lector Nobel San Pedro. Ahora comenzamos con este blog que, esperamos, sea punto de encuentro de muchos amigos aficionados a la lectura.