Diario de una alerta.

Día 28.

Amanece un nuevo día y sí, nublado. Esto del sol viene con cuentagotas, está claro. Sea como sea, andamos metidos en el día número 28.
Hoy no vino nadie temprano a traer nada. Bueno, llegó Carol a eso de las ocho y, claro, con tantas precauciones higiénicas con la ropa, los zapatos, que si una ducha y todo el protocolo, me acabé espabilando… pero me di media vuelta y un buen ratito más de sueño.

Un poco más tarde, ya sí que decidí levantarme y desayunar tranquilamente. Después de vestirme y tal, he bajado a comprar un poco de pescado. Me he traído un poco de atún y unas gambitas, esta noche homenaje.

Y fíjate que algunas cosas buenas estamos sacando de esto. Qué limpito estaba el ascensor, olía a que no había un virus en medio kilómetro a la redonda. Me da a mí que entras con cualquier virus adherido a tu ropa y antes de cruzar la puerta ya se ha muerto. Incluso los botones brillan como si estuviéramos estrenándolo. Qué tiempos aquellos en que nunca sabías la sorpresa que podías encontrarte cada vez que ibas a entrar, cualquier cosa pegada en el espejo o, no te digo ya, en el suelo. Eso sí, lo de los contenedores de basura no acabamos de aprenderlo. Llegas a tirarla y te encuentras bolsas fuera de ellos. Bueno, será que están muy llenos, piensas. Abres la tapa y resulta que están medio vacíos. ¡En fin! No vamos a querer ahora asimilar tan de golpe tanta información de higiene y civismo de golpe. Ya dejamos los siguientes temas para el próximo virus.

Bueno, que después de mi breve excursión a la pescadería me he vuelto loco. He limpiado el salón. Más limpito y ordenado se ha quedado.
Y ya estaba lista la mañana. Tocaba liarse con la comida, así que mientras hablaba con mi hermana Laura, he ido poniendo la mesa y preparando un poco de salmón a la plancha y unos champiñones aliñados en crudo. Dos quintos de cerveza han caído, que para eso es sábado.

La tarde la hemos dedicado a flojear y a una tertulia familiar virtual, mogollón de ventanas abiertas en la tablet. Por un momento me he planteado hacer ejercicio hoy de nuevo, pero tres días consecutivos ya sería muy grave. Vamos, solo pensarlo ya me ha parecido inadmisible. La idea no ha pasado ni por la papelera de reciclaje.

También ha habido tiempo para que mi compadre haya cometido una crueldad intolerable conmigo. Me ha enviado por Whatssap una foto de una enorme bolsa de carbón en su terraza. Pinta a una barbacoa para mañana y, claro, no podré asistir. ¿Es o no es cruel? Bueno, seremos pacientes, esperemos que en breve tengamos ocasión de compartirlas, la verdad es que nos lo montamos bien.

¡Ea! Ya he vuelto de los aplausos.

Y ahora, con la tarde ya bien avanzada, me voy a poner con el atún. Voy a dejar la parte central para hacerlo a la plancha, vuelta y vuelta. El resto lo trocearé y haremos un poco de tartar. Las gambitas, también a la plancha y algún pequeño aperitivo. El vino blanco ya está en la nevera. Y que nos quiten lo “bailao”, homenaje, como decía, de categoría. Que también nos lo merecemos.

Iré a darme una duchita y un buen afeitado que llevo una semana sin hacerlo (solo lo del afeitado, eh) y mi hija ya me mira regular. Lo cierto es que tengo una barba horrible, poco poblada y con muchas canas en la perilla. Las señales se empeñan en hacerme consciente de que ya tengo una edad.

Ahora, cuando me meta en la cocina, como ha sido el 50 aniversario de la despedida de Los Beatles, me voy a poner el “Imagine” 2 ó 3 veces. Muy apropiada para estos días. Y durante la cena, más música. Algo tranquilo. Esta noche ni televisión, ni noticias, ni película

No creo que lo que resta de día traiga novedad digna de mención. Si así fuera, mañana te pongo al día, amigo diario.

Buenas tardes, noches.

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Autor: Alberto López Barrio

Nací en 1973, el destino nos llevó a San Pedro de Alcántara donde, en julio de 2011, abrimos una librería, Espacio Lector Nobel San Pedro. Ahora comenzamos con este blog que, esperamos, sea punto de encuentro de muchos amigos aficionados a la lectura.