Diario de una alerta.

Día 33.


Hoy me había puesto el despertador un poco antes de las nueve y, supongo, debí apagar la alarma al sonar y cuando abrí los ojos eran las diez. Lo odio, te levantas a esa hora y ya tienes el día casi perdido, con la de tareas que tenía yo previstas, hombre. Ya sabes, colega, me va la ironía.

Pues puesto en pie, ¡ea! A desayunar, recoger un poco y hacer las camas. Después he tenido que dar un salto a la librería. Resulta que ayer se fue la luz durante un rato en buena parte de San Pedro, así que me he pasado a comprobar que todo estuviera correcto y a encender los ordenadores para poder hacer cosas desde casa. De paso me he bajado “Marina” de Zafón, tiene que leerlo Carolina para el instituto.

Rápidamente estaba de vuelta en casa y, poco después, a preparar la mesa para almorzar. Pollito al ajillo y unos tomatitos aliñados. Y tan a gustito que nos hemos quedado. Comí con los niños, Carol estaba de mañana y llegó más tarde, justo para poder tomar un café juntos. Se tumbó a mi lado y se ha dormido un rato. Normal, se levantó antes de las siete. Lo que ya no es tan normal es que yo también me he quedado “frito”.

Así que tocaba moverse, hoy he hecho ejercicio un poco antes de lo habitual, durante la tarde. Hemos apretado un poco más, que lo único que veo crecer en esta cuarentena es la panza. Mientras comenzaba a sudar pensaba en “aquellos viejos tiempos” en que, al acabar en la librería, ya con la noche cerrada, salía a correr hacia el paseo marítimo. Que buena vida era esa, luego llegabas a casa, te duchabas y tras cenar algo te acostabas con las piernas cargadas pensando en lo que deparaba el día siguiente con los pedidos, las ventas y los movimientos en el banco.

En fin, lo que no ha cambiado ha sido una buena ducha caliente al acabar. Y así, ya estábamos metidos en la hora de cenar. Los niños se han hecho unas pizzas con masa casera. Les he robado un poquito.

Y así se nos va terminando este jueves, día número 33 de confinamiento. Sin grandes novedades y con la rutina, que por mucha rutina que pretendamos que sea tiene poco de normalidad, que llevamos en este nuevo tiempo. A veces no parece que esté siendo demasiado largo, sin embargo, ha pasado todo un mes. Un mes enterito y algunos días y, aunque dicen que se va viendo luz al final del túnel, lo cierto es que, al menos yo, claridad veo bien poquita. La boca del lobo, vamos
Bueno, mañana ya es viernes. Todo un fin de semana por delante. A ver qué hacemos. Tendremos que ir organizando algún plan familiar, aunque con Carol trabajando viernes y sábado de tarde, mejor nos quedamos en casita y vemos pelis, nos ponemos con algún juego de mesa o, incluso, nos atrevemos con meternos en la cocina y hacemos algo de repostería.

Es un buen plan, sí. A veces apetece quedarse en casita y como el tiempo parece que no acompañará, pues mejor que mejor. Ya volvió a salir la vena irónica…

Entre una cosa y otra, el día ha dado también para alguna llamada y whatssaps con los colegas que te comentaba el otro día, los del enfado. ¡Oju, oju! Yo, porque no los tengo a mano, que si no les daba un par de collejas a cada uno y los ponía firmes. Se libran por la cuarentena esta. Y así siguen a estas alturas, ya sabrán ellos qué quieren hacer, yo puse de mi parte lo que pude. Yo, y mi compadre, que lo resumiría, simple y llanamente con un, Telita. Con esa palabra o con un cantecito de esos que se marca por fandangos, “mu malamente cantao».

También he oído un par de veces la nueva canción de Rozalen. Está bien, cargada de buenos deseos. Me gustó especialmente esta frase, “recuerda siempre la lección y este será un mundo mejor”. Ojalá fuera cierto, pero lo olvidaremos, amigo diario. Al tiempo.

Buenas noches.

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Autor: Alberto López Barrio

Nací en 1973, el destino nos llevó a San Pedro de Alcántara donde, en julio de 2011, abrimos una librería, Espacio Lector Nobel San Pedro. Ahora comenzamos con este blog que, esperamos, sea punto de encuentro de muchos amigos aficionados a la lectura.