Diario de una alerta.

Día 53.

Definitivamente, de aquí a poco no tenemos más remedio que extinguirnos. Al ser humano me refiero, claro.

Pero bueno, habrá que comenzar por el principio del día. Carol se fue muy temprano a currar. Yo me quedé con toda la cama para mí hasta, más o menos, las nueve. Una duchita y a desayunar. Como casi siempre café y tostada, hoy acompañado de un kiwi. Y para la librería.

Ayer, cuando ya estaba llegando a calle Lagasca, un señor mayor se cayó de plano a pocos metros de mí. ¡Menudo susto! Entre otro muchacho y yo le ayudamos a levantarse. Afortunadamente no tuvo mayores consecuencias. El pobre iba con su mascarilla puesta y decía que se le empañaron las gafas y tropezó.

Lo que he tenido hoy han sido varias visitas de caras conocidas. Algunos clientes-amigos que pasaron a reponer cosas de papelería, sobre todo, para los deberes de sus hijos. Algún regalito de cumpleaños para los próximos días. Sigo echando en falta que algunas personas puedan estar curioseando en las estanterías a ver qué libro les llama.

Algunos tienen tantas ganas de poder estar entre libros que un gorrión que apenas dominaba el vuelo se coló dentro del local y no tenía muy claro cómo salir luego. Isa lo ayudó a encontrar la salida, voló hasta un coche y de allí al tejado de una casa.

Cuando ya estaba a punto de cerrar y mientras terminaba de hacer algunas cosillas y con la puerta ya cerrada, claro, me he tomado un botellín bien fresquito. Saboreándolo, en casi completo silencio.

De ahí a casa, a comer. Hoy teníamos carrillada. Tierna y jugosita, qué buena. Hemos terminado bien pronto. Incluso me dio tiempo a recoger la cocina y tumbarme un poco en el sofá, me he dormido unos quince minutos. Es la mejor siesta, te quedas como nuevo. A todo eso me dio tiempo antes de que Carol llegara. Se dio una ducha y preparó el cafelito que nos tomamos juntos.

Después de flojear un rato, estuve haciendo cosas en el ordenador y, un poco más tarde, me he ido de nuevo a la librería. He estado trabajando con la puerta cerrada, preparando alguna devolución y controlando albaranes.

He vuelto a casa a eso de las ocho y media. Le he dejado a Pepe masa de pizza que hizo Carol bien aplanada y finita para que le fuese poniendo los ingredientes que quisiera y me he ido un rato a correr. Para entonces eran casi las nueve y media. La hora ideal, sin duda. Aun venía bastante gente de regreso hacia el pueblo pero ya en el paseo marítimo la cosa estaba mucho más despejada y al venir de regreso sí que eran pocas las personas con las que me crucé. Maravilloso.

Y a lo que iba con lo de que vamos a extinguirnos. Resulta que te encuentras con grupos de chavales, caminando, en bici, respetando las condiciones mejor o peor… lo que no tiene sentido alguno es que hayan cinco chavales de 16 ó 17 años sentados uno junto a otro, bien arrimados, con sus bicicletas juntas en el suelo y ellos, todos, callados y con la cabeza baja mirando cada uno la pantalla de su teléfono. Me habría gustado parar y preguntarles si cada cual miraba sus cosas o, peor aún, si eran hasta capaces de estar chateando entre ellos… ¡En fin! Para eso quédate en casa y, al menos, respeta las condiciones.

Después de otra ducha, hemos cenado Carol y yo. Me he tomado un par de trozos de pizza, les quedó rica.

Y luego nos hemos enganchado y hemos acabando viendo dos capítulos que nos faltaban de la segunda temporada de la serie.

Ahora a dormir. Vamos a por el 54. Será jueves, otra vez casi fin de semana.

Buenas noches.

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Autor: Alberto López Barrio

Nací en 1973, el destino nos llevó a San Pedro de Alcántara donde, en julio de 2011, abrimos una librería, Espacio Lector Nobel San Pedro. Ahora comenzamos con este blog que, esperamos, sea punto de encuentro de muchos amigos aficionados a la lectura.