Diario de una alerta.

Día 66.

Martes. Anoche dormí mal. Igual es psicológico. Ha sido volver a abrir a jornada completa y no descansar bien, no puede ser casualidad. En fin…

El caso es que había puesto el despertador a las siete y diez, no sé por qué a y diez y no en punto o a y cuarto, manías supongo. Como llevaba un rato despierto, al final me he puesto en pie cuando daban las siete exactas. Mucha menos gente hoy que días anteriores tanto caminando como haciendo deporte, por un momento llegué a preocuparme. Pensé que había salido a una hora equivocada o, peor aún, que habían modificado algo el día anterior y yo no me enteré. Ironía aparte, hoy daba gusto, correr sin tener que andar esquivando a nadie, en línea recta, cabeza alta y hacia adelante. Así somos, lo cogemos todo como si no hubiera un mañana y en seguida nos aburrimos.

Pensando en esto y en mil cosas más durante la carrera, debían ser las ocho y media, nueve menos veinte máximo, cuando llegué a casa. Una ducha y hoy, un antojo, café y un dulce, ¿por qué no?

Ya preparado, salí con tiempo para pasar por Correos a hacer un envío. Tal como llegué y vi la cola que había en la calle, continúe mí camino y me fui hacia la librería. No era plan de perder media mañana allí. Así que, bien visto, llegué con tiempo sobrado hoy y aproveché para dar un buen fregado al suelo. Luego, con la fregona más vieja, al suelo de la calle, que entre “lo que se nos va cayendo” a los humanos y las marcas que dejan los de cuatro patas en las esquinas, no te cuento.

La mañana tuvo el ritmo habitual, me refiero a esa marcha que seguían las cosas en nuestra anterior vida. Comenzó la cosa muy parada, muy normal con los niños en casa y las tareas y deberes por hacer. Más cerca de mediodía se notó un poco más de movimiento en la calle y algún cliente pasó a retirar su pedido, otros a reponer alguna cosilla de papelería que iba faltando en casa a la hora de estudiar. Y pasó Vanesa con la pequeña Rebeca, una breve visita, menudo elemento.

A la hora de cerrar, apareció mi colega “Temble” como por arte de magia, como el que no quiere la cosa, en el momento oportuno para tomar una cañita rápida. Nos bajamos al barrio y Laura, en el Arai, nos la puso junto a una pequeña tapita. Tan solo tenía seis mesas montadas, pero fue una alegría verlas ocupadas.

Fue solo un ratito, en seguida me subí a casa. Hoy tomamos salmón. Después de descansar un poco, me fui de nuevo a la librería. Hoy han pasado las ganadoras del sorteo que pusimos en redes a recoger sus premios, mañana publicaremos las fotos. Hacía calor, así que a las cinco había poca gente en la calle. En general, ha sido una tarde muy tranquila. Pero bueno, volví a tener visita, mi compadre, y estuvimos un ratito de tertulia a modo de confesión, separados por la mampara.

Es que hoy nos llegó la nueva mampara. Será otra buena medida de seguridad… o eso creo.

Total, que pese a ser muy tranquilo el día, ha pasado pronto. Se van a la velocidad de la luz.

Carol trabaja de noche, mañana también y luego llegan los descansos. Hemos cenado tempranito, con ella. Al final, no sé cómo me las apaño, mientras recogí, me tomé el postre y tal, ya era tarde.

Así que me he sentado a escribir y haciendo zapping, apareció en La2 una delicia. Desayuno con diamantes. Segunda vez que la veo durante el estado de alarma. Un pequeño tesoro cinematográfico.

Ya se hace tarde, mañana ya será miércoles, con lo que te plantas sin querer en el jueves y, al día siguiente, te metes en viernes y… ¡Nuevo fin de semana!

Cuando vengamos a darnos cuenta, estamos liados con los cheque-libros. La diferencia será que entonces, esperemos, casi todos tendrán bastante libertad y yo andaré confinado en la librería organizando y forrando libros de texto.

Pero eso, aún está por llegar.

Buenas noches.

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Autor: Alberto López Barrio

Nací en 1973, el destino nos llevó a San Pedro de Alcántara donde, en julio de 2011, abrimos una librería, Espacio Lector Nobel San Pedro. Ahora comenzamos con este blog que, esperamos, sea punto de encuentro de muchos amigos aficionados a la lectura.

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