Diario de una alerta.

Día 5.

Al final hoy no he hecho el pollo, comimos pescado. Total, mañana será otro día y mi toque especial va a seguir dando el mismo sabor.
Además, como que pega más mañana. Tío, que mañana es viernes. ¡Fin de semana! ¡Ole y ole!

Ves, lo que comentaba el otro día de mi colega Carlos, que se van los días y no te enteras. Ahora tenemos todo un fin de semana por delante. Anda que no tengo ya planes, no ni na…

Y tampoco hemos almorzado en la terraza, con estos días tan feos que están haciendo ni mucho menos apetece. A ver si nos van haciendo unos días de calorcito y sol y me pongo un buen rato a ver si cojo color… que entre lo blanco que soy y que desde que abrí la librería me pego los veranos preparando y forrando libros de texto, me podrían coger, como mínimo, de figurante en una peli de vampiros. Cero maquillaje, solo ponerme colmillos y listo.

Así que habrá que ver fútbol, ¿no? Me pondré la redifusión del España-Malta, lo han puesto estos días en Teledeporte, para escuchar a José Ángel de la Casa, ¡Qué grande!¡Cómo cantó el gol número 12 con esa garganta rota de emoción! Tengo en cola también el ver, pero en horario de prime time, el Madrid-Barça, el del 2 a 6. Lo que sea para mantener el ánimo a tope. ¡Hay muchos recursos! Y si veo que las fuerzas flaquean, la gran baza está bajo llave, la final del Mundial. El Iniestazo. ¡Cómo gritamos todos a una! Y, justo ahora, también en el mismo barco debemos estar todos, aunque por motivos muy distintos.

Pero aún hay que acabar el día, el día de San José y del padre, probablemente, más extraño de nuestras vidas. Y mi hija que me ha regalado hace un ratito un video que ha editado ella misma con fotos familiares desde que ella y su hermano eran bebés hasta estos últimos días. La canción de fondo era Mi héroe de Antonio Orozco (oídla si no la conocéis).
Y claro, estos días que los sentimientos están un poco a flor de piel… pues nada, nudo en la garganta y a salir del paso. ¡Qué ratito, chiquillo! Vamos, que sufrí menos con el partido del Iniestazo que comentaba antes, y eso que fueron 116 minutos.

Es que estos días, al menos a mí me está pasando, todo se exagera más de lo normal. Los sentimientos y la sensibilidad son intensos. Y seguro que, a medida que pasan los días, la cosa irá a más. Así que nada, a fomentar la risa. Habrá que ver aquellos videos de Martes y trece con sus empanadillas de Móstoles. Habrá que tirar de Chiquito. O de aquel Ángel Garó, un paisano, en el Un, dos, tres. ¿Recordáis? Una opción de libro muy divertido es “El abuelo que saltó por la ventana y se largó”, me reí mucho.

Y, una buena noticia, yo llevo la cuenta por el día 5, pero en realidad llevamos 6 ya. ¡Bah! Si por ahora me parece un cuarto de hora. Es que yo acostumbro a contar los días como las facturas o los cargos en el banco. A días vencidos. Defectos de… sí, eso, de autónomos. ¿Me vais pillando?

Hoy voy a acabar pronto, que estoy viendo en televisión como más de dos políticos, de ideologías de lo más opuesta, se saltan la cuarentena (no comment) para “salvar” a España, bueno a España o a quien sea. “Aroooo, carajoooo” (eso también lo dice mi cuñao. ¿A qué no sabéis de dónde es?). Si, además, para decir lo que dicen la mayoría, puede decirlo cualquiera, o lo dices por videoconferencia y listo, ¡leches!.

Pues eso, que voy acabando, no sea que me encienda y ya va tocando pensar en dormir.

Aunque antes, voy a leer un poquito. “Cien años de soledad” del Nobel Gabriel García Márquez. Si es que tengo un ojo eligiendo películas y libros…

¡Nos vemos en los bare…..! Jo, ya me pudo el espíritu del fin de semana. ¡No he dicho nada!

¡Qué descanséis!

Comparte esto:

Diario de una alerta.

Día 4.

Muy buenas. ¿Qué tal? ¿Dónde andáis hoy?… Como si no lo supiera, ¿no? Que no se me ocurría cómo romper el hielo…

Esta noche pasada dormí fatal. Un sueño muy ligero que no me permitió descansar mezclado con una horrible pesadilla. Soñé que pasaba todo un día soleado metido en un chiringuito, comiendo pescaito frito y bebiendo cerveza helada. Me bañaba y seguía comiendo. Me bañaba otra vez y seguía bebiendo. ¡Qué disgusto! Y luego, encima, copita en una tumbona bajo una sombrilla. Y al caer la tarde, un largo paseo por la orilla de la playa. Mira, qué sufrimiento. ¿Cómo iba a dormir bien? Con lo bien que estoy aquí, en mi sofá, tranquilito, sin mancharme los pies de arena ni teniendo que ponerme crema para evitar quemar mi piel… ¡Vamos! Que no sabemos lo que tenemos, ¡oye!

No, en serio, sí que he dormido fatal. Y eso que anoche eran casi las 2 am cuando me acosté. Es que siempre me ha gustado mucho esa paz de la madrugada cuando todos duermen y no hay nadie en la calle ni se oye el paso de los vehículos. Vale, parezco gilipollas, eso mismo lo puedo hacer todos estos días a cualquier hora y no esperar a las tantas de la noche.

Pues sabes qué… desde el sábado he salido dos momentos de casa. El lunes tuve que acudir a la librería para entregar unas cajas para una editorial, ya que los ingresos son cero, se agradece que retiren mercancía. Y esta mañana, que acudí a Mercadona para rellenar un poco la nevera. Pues nada, subir la rampa del garaje saliendo de casa y encontrar ambos días un coche (diferente cada día, claro) aparcado en la salida obstruyendo el paso con el “peaso” de cuesta que hay que subir, ¡eso no ha faltado!
¡Joder! ¿Que ni en estos días vamos a evitar soltar el coche donde nos sale de… del alma? Otro tema interesante para tratar otro día, los del “un momentito”, “que solo voy a dejar al niño”, “no pites más, que solo han sido dos minutos”… Po aparca bien, cojoneeee, que diría mi cuñao.

Solo espero que cuando esto acabe, pero no al día siguiente, ni una semana después… me refiero a cuando la vida vuelva a ser normal… ¿Habremos aprendido algo? ¿Seremos capaces de tener más empatía y más respeto por el prójimo? Lo dudo, la verdad.

Porque yo, que soy autónomo (lo he dicho alguna vez en estos días, ¿verdad?), le estoy poniendo todo lo que puedo de mi parte, todo el humor y toda la voluntad del mundo a esta situación (que no tiene absolutamente nada de graciosa). Pero llegará un momento en que cuando la normalidad se vaya instalando de nuevo en nuestras vidas, habrá que exigir responsabilidad y que muchos actúen en consecuencia a sus actos y asuman sus culpas y dejaciones… ¿¿¿no???
Que yo no voy a hablar de políticos (Todos), ni de altos y medios cargos en la administración (muchos), ni de los listos (menos) que aprovechan estas situaciones para sacar beneficio propio o actúan mal y/o tarde. Bueno, algún día, como esto va para largo, sí que podemos dar unas pinceladas, porque eso de los EPIs y las mascarillas para nuestro querido y admirado personal sanitario (mi mujer es enfermera), eso, que no tengan en estos días el material adecuado, no ya para no contagiarse ellos… para no contagiar a los pacientes que tratan… ¡eso clama al cielo!

En fin, que yo pretendo aplicar todo el humor que sea capaz de transmitir pero, debe ser este día mustio y gris, añadido al exceso de información en todos lados, que hacen que tengas que ponerte negro de cuando en cuando. Pero ya se me pasa…

Bueno, que pese a todo, esto sigue estando chupao, que tenemos ventilado un día más… Y, mañana, más y mejor. ¿Qué no? Pero si es San José, si es el día del padre.

Estoy pensando dónde salir a comer… dudo entre el balcón que da al mar o el que tiene vistas al Supercor (clin, clin, Corte Inglés paga algo por la publi). Es que este, si el día está claro, permite ver Gibraltar muy al fondo. En fin, decidiremos según sople el viento.
Haré un pollo asado. Bueno, en realidad haré varios, porque en el super no quedaban pollos enteros (perdón por no usar el lenguaje inclusivo en este caso), así que he comprado unos cuartos traseros y una bandeja de muslitos (y como vienen 5 ó 6 es evidente que tengo que hacer varios pollos) y lo prepararé con mi toque especial. Que dicen los niños que el de mamá está muy rico… pero como el de papá, ninguno. Y yo no me lo explico, ¡si usamos el mismo horno!

Y estar sin fútbol, esto sí que es duro, ¡menudo rollo! Cómo será la cosa que ayer vi un reportaje de la primera Champions que ganó el Barça en Wembley y ya he estado dos veces tentado de poner Real Madrid Televisión, lo que pasa es que, vaya cosas, aquí el Madrid siempre gana. Y mi colega y vecino Antonio, manda carallo, este año que se mete su Athletic en la final de Copa y a ver cómo y cuándo se resuelve el asunto.

Pero bueno, ¡que me enrollo tela! ¿Y no me dice nadie cállate ya? Os advierto que estamos en el día 4, que a este ritmo según avancen los días, acabo escribiendo “Guerra y paz” ese tocho de Tolstoi, que en alguna edición se pone en casi 1200 páginas.

Os dejo por hoy, que acaba de sonarme el pitito de nuevo mail… y cuando miro es para que participe en una encuesta y me regalan unos bonos para viajar por toda Europa. ¿En serio? No voy a mencionar la empresa que se dirige a mí no sea que alguno queráis reclamarle daños psicológicos y compensaciones millonarias.

Lo dicho, hasta mañana, hoy toca dormir bien.

Comparte esto:

Diario de una alerta.

Día 3.

Bueno, hoy comienzo a escribir mis líneas diarias con el himno de Andalucía recién escuchado. Cortesía de mi vecino Juanjo, un crack que nos deleita, puntualmente, un buen rato cada día cuando van dando las 20h.
Va pasando el tercer día. Insisto, es “pan comío”. Que esto es lo mismo que hablo con mi amigo Carlos, cada semana. Ya parece un pequeño ritual.

Todos los lunes a las 8,30 de la mañana. Dejamos a los niños en el bus para el cole.
– Ojú, y todavía es lunes.
– Naaaa, cuando te vengas a dar cuenta, miércoles… y luego, viernes. Y otra vez metidos en el fin de semana.
Y llega el viernes. Misma hora.
– Killo, ¿ves?¿Recuerdas el lunes? Pues ya viernes.
– Ea, al lío. Nos vemos a las 13,45. Hoy pagas tú la birra.
Y así, se pasan las semanas sin darnos cuenta.

Ha sido un día afortunado, nos han traído la lavadora nueva a primera hora. Ya tiene guasa, se nos averió a finales de la semana pasada, espero que no fuera un virus, el técnico dijo que no había mucho que hacer. Así que gastito extra, que en estos días viene genial, ¡ya te digo! Contribuyendo a sostener la economía.

Lo que os decía ayer. Somos autónomos. Unos máquinas. A un autónomo le pones por delante un virus, un tigre “desmayao” o un plato de paella más dura que el cemento… y no solo puede con todos, además pide otro plato de arroz. A estas alturas no sé si había leído esto por ahí.

Y se va haciendo de noche, ¡que se acaba uno más, chiquillo! Y se va entre instalar la lavadora que, por cierto, los chicos del transporte solo pudieron dejarnos en la puerta de casa, que yo puedo arrastrar la vieja hasta la puerta y la nueva hasta el lavadero (Que soy autónomo, joder!!!), pero… ¿Y cómo lo hacen si esto le ocurre a una persona mayor?, continua yéndose entre hacer alguna labor en casa y mirar las ventas de hoy en la librería… ¡Ah! No, que han sido cero… como ayer, como mañana, como en los próximos X días (me da miedo imaginar hasta dónde puede llegar la X).

Porque eso sí, ingresos cero. Pero aquí nadie de los que “gestionan” me dice que no me preocupe, que los gastos, ya no digo cero, pero que van a ser mínimos… ¡qué menos!

En fin, que no podemos engañarnos. Esto no van a ser quince días, serán un buen puñado más… Así que en estos momentos dudo si hacer 500 abdominales o no hacer nada durante lo que queda de semana. Quedarme quieto. Parao. (Parao sin movimiento, que cotizando y pagando un puñado de cosas voy a seguir, eso que no falte).
También pensé seriamente pintar con rotulador una réplica de la Capilla Sixtina en el techo de mi habitación, pero me falta el color verde, así que he desechado la idea. Sí, lo sé, en la librería tengo un montón de colores… pero, qué pereza ir solo para coger uno verde, ¿no?

Bueno, voy acabando. Voy a ver un rato la tele… Creo que me voy a poner “Cadena perpetua”, peliculón de Tim Robbins y Morgan Freeman, basado en el relato corto (aunque la peli dura casi 2 horas y media, qué cosas… pero tiempo nos sobra, ¡qué pasa!) de Stephen King y en la que un gaché pasa como 20 años en una cárcel cumpliendo 2 cadenas perpetuas por un crimen que dice no haber cometido, pero al final consigue escapar…
¡Te vas dando cuenta de que loco es poco para definirme!, ¿no?

Ya está bien por hoy… ¡Sed buenos! Mañana podemos hablar de un montón de novedades y libros chulos que teníamos preparados para San José y el día del padre. Pues esto también habrá que celebrarlo con retraso. ¡Bye!

Comparte esto:

Diario de una alerta.

Día 2.

Pues sí, se nos va ya el segundo día de alarma, esto está chupao (¿¿¡!??).

Hoy me levanté temprano, pero no mucho. Sobre las 8,30. ¡Ya ves! Tres cuartos de hora después de lo habitual, a cuerpo de rey, oye. Desayuné tranquilamente con mis hijos. Un poco de fruta, café y tostadas. ¡Olé!

Luego, deberes. Recordad que hoy había que establecer una rutina. Un poco de francés, con el nivelazo que tengo, que solo sé aquello de “güi” y “ye´tem”, otra pizca de inglés, este sí que lo domino, of course. Y para acabar, matemáticas. Tocaba aprender a pasar decilitros a hectolitros, mililitros a litros. Y yo, pensando en los 33 centilitros de la cerveza que habitualmente tomamos a mediodía unos colegas antes de recoger a los peques.

Pues nada, dicho y hecho. ¿Piensas que no nos la hemos tomado? Pues va a ser que sí… vía whatsapp y viéndonos en la distancia desde los balcones ya que vivimos en la misma urba, hemos brindado porque ya falta 1 día menos. ¡Olé de nuevo!

Tuve que bajar a por una bombona… y resulta que justo estaban reponiéndolas, así que me la entregaron rápidamente… vaya chasco, en 2 minutos ya estaba de nuevo en casa. Menudo paseo. Bueno, me dio tiempo a una mini tertulia como a 3 metros de distancia con un chaval joven, autónomo también, que después de poner gasolina, esperaba con sus guantes aún puestos a una prudente distancia para pagar.

– Qué tostá.
– Po sí.
– Y ahora sin ingresos, a ver el autónomo y los pagos.
– No te preocupes hombre, somos (los autónomos) superhéroes, somos inmortales (también los autónomos).
– Di que sí, si podían haber aislado a toda España menos a nosotros (sí, a los autónomos) que rodeamos entre 4 al virus ese y nos lo comemos con papas.
– En fin.
– Suerte.
– Al toro.

Y en casa.

Almuerzo, cafelito, un rato en el sofá. Un poco de trabajo desde el ordenador. Y poco más, tarde lista.
A las 8 nos hemos asomado al balcón. Pero antes he aplaudido en privado a mi mujer, enfermera, para ganar puntos en los venideros días. Luego desde fuera, más aplausos. Uno que pone el himno de España, otro la Macarena y se pasa un rato divertido y orgulloso de vecinos y ciudadanos que arriman el hombro. Aunque, debo reconocerlo, a mí el que me emociona de verdad es el de Andalucía. ¿Mira que si a estas alturas se me está despertando el espíritu independentista o se me estará yendo ya la cabeza y yo sin darme cuenta?

Y lo que decía al principio, se nos va el día. Un poquito de ensalada y filetito de pavo para cenar. ¡Y eso que ni me planteo la operación bikini!
Ahora voy a ver The Walking Dead, esa serie donde una pandemia ha dejado a unos pocos supervivientes que viven aislados luchando contra un montón de zombies hambrientos. ¿Masoca? No, lo siguiente (que se dice ahora). Por cierto, una noche de estas tengo que ver, una vez más, esa obra de arte que es La ventana indiscreta, auténtica obra de arte de Alfred Hitchcock y muy apropiada si no sabes sacar provecho a las vistas desde tu ventana.

Y mañana probabilidad de lluvias… ¡pues a las 13,30 hay otra ronda en los balcones, pago yo!

Que maleducado, ¿Qué tal vuestro día?

Buenas noches y dulces, soleados y llenos de aire fresco sueños. Recordadme en los próximos días que hablemos de los nuevos hábitos de higiene, ¡menudo descubrimiento para algunos!

Comparte esto:

Diario de una alerta.

Viviendo algo que parece pura ciencia ficción. El mundo se para por un virus. Confinados en casa en toda España… y en medio mundo, ya veremos qué nos depara el futuro.

Sirvan estas líneas como entretenimiento en el día a día. A ver cómo van los ánimos…

Día 1.

Va acabando el primer día del Estado de alarma. En las primeras horas se mezclan esos ratos de risas por los whatsapp, memes y buen humor de amigos y publicaciones que encuentro en las redes sociales (sí, estos días les daré una oportunidad y volveré a usarlas) o te llegan al móvil con la incertidumbre de qué va a ocurrir en nuestro futuro inmediato y a medio plazo. Después te das cuenta de que ya habrá tiempo para pensar en lo que esté por venir que, al menos a nivel laboral, pinta que se nos va a hacer una laaaarga cuesta de enero. Ahora, es fácil y simple, nos queda tan solo una preocupación por delante, estar en casa y cuidarnos, a nosotros mismos y a los que conviven bajo el mismo techo. ¡Y, aunque simple, no es poca tarea!


Estoy convencido de que hay que ser optimista, como siempre en esta vida. No toca pensar mal, ni reenviar críticas y cosas negativas, no pienso hacerlo. No voy a indignarme por los cuatro tontos que no respetan las actuales circunstancias, mejor sentirnos orgullosos del comportamiento de la inmensa mayoría de ciudadanos que sí lo hacen. No voy a perder un segundo en contemplar lo estúpidos que podemos ser los humanos cuando son “muchisimísimos” más aquellos que te hacen sentir orgulloso y que colaboran en la medida de sus posibilidades y con tanta generosidad. Siempre es recomendable, pero en estos difíciles momentos, es mejor mirar las cosas desde el punto de vista más positivo.

Mañana nos pondremos una rutina diaria, que sé de alguno que podría estar el tiempo que sea necesario jugando con cualquier cosa electrónica que tenga pantalla, tocará que los niños estudien un rato, serán días en los que, evidentemente, la lectura diaria no faltará, me he traído tanto libro que es probable que pudiera actuar como biblioteca con los vecinos de mi bloque. Buscaremos también alguna serie a la que engancharnos (acepto recomendaciones) para no estar todo el día viendo y oyendo noticias que, en muchos casos, tienden a acentuar la peor parte de todo.

Por cierto, estoy acabando de leer el libro del Club de lectura, se titula “Las mutaciones” de Jorge Comensal. Nos reuníamos mañana para nuestra tertulia, nos tocará esperar un poquito para compartir charla, lecturas y vinos, que esto último no puede faltar.

Ya os iré comentando los títulos que tengo por aquí, aunque es muy probable que el siguiente sea la novela que acaba de salir de Dulce María Cardoso, un gran descubrimiento gracias a mi compadre. Y vosotros, ¿qué tenéis entre manos? ¿Cuál es el próximo que vais a comenzar?

Bueno, se va acabando el día 1… Nos leemos, y… ¡Mucho ánimo! Pronto esto solo será un mal recuerdo.

Comparte esto:

Los asquerosos, Santiago Lorenzo.

Dado el éxito que estaba teniendo en los últimos meses Los asquerosos (editorial Blackie Books), se propuso como lectura para nuestro club y decidimos hincarle los dientes a ver qué sensaciones nos producía.

Es evidente que, una vez leído, y habiendo establecido la reunión para una tarde-noche en la Bodeguita de la abuela, la cosa solo podía salir bien.

Efectivamente, así fue. Entre vinos, montaditos y un queso viejo que quita el «sentío», desmenuzamos las poco más de 200 páginas de esta novela.

Nos encontramos con una cuidada edición en tapa dura, con un dibujo que ya nos deja una pincelada de la austeridad y soledad que vamos a encontrarnos durante la lectura.

Sinopsis
Manuel acuchilla a un policía antidisturbios que quería pegarle. Huye. Se esconde en una aldea abandonada. Sobrevive de libros Austral, vegetales de los alrededores, una pequeña compra en el Lidl que le envía su tío. Y se da cuenta de que cuanto menos tiene, menos necesita. Un thriller estático, una versión de Robinson Crusoe ambientada en la España vacía, una redefinición del concepto «austeridad». Una historia que nos hace plantearnos si los únicos sanos son los que saben que esta sociedad está enferma.

Así que nos involucramos con Manuel (que por cierto, no es su verdadero nombre) en su huida, nos encerramos en ese pequeño pueblo y vivimos un periodo de su vida que quizás se parece en buena medida a la propia forma de vivir del autor. Nos daremos de bruces con los «Mochufas», ¿una nueva clase social? Bueno, más bien, un nuevo concepto para una clase que ya existe y con la que convivimos en nuestro día a día.

Fue una lectura que ofreció mucho debate e intercambio de opiniones ante su continua crítica a la sociedad, a la falta de libertad, libro repleto de asquerosos entre sus páginas. Un texto con muchas nuevas palabras. Palabras inventadas pero que se entienden perfectamente durante la lectura. Situaciones cargadas de sátira con las que, a veces, no sabes si reír o llorar.

Un libro que desde que saliera a la venta a finales de 2018 ha tenido una larga lista de reimpresiones así como una gran acogida por parte de libreros y lectores.

Personalmente, no suelo fiarme demasiado de títulos que ya vienen apoyados en grandiosas campañas de marketing. Como en este caso, parece más sensato dejarte guiar por opiniones de los mencionados libreros y algunos devoralibros. Algo similar pasó con Intemperie, aquella primera lectura de nuestro club, allá por 2014. Curiosamente dos novelas, dos ambientes rurales que, quizás desde esta última, se puso un poco de moda.

Aunque no a todos los miembros de Librorum et Gulae les maravilló la novela, si es cierto que a todos nos quedó una grata impresión con la lectura de un libro un tanto diferente y que resulta de lo más apropiado para una tertulia literaria y un debate intercambiando distintos puntos de vista. Como, por ejemplo, decidir quienes son esos asquerosos del título. ¿Manuel y su tio?¿Los mochufa?¿Quizás toda la sociedad? No sé… puede que algunos se libren de poder ser encasillados en este «selecto» club.

Y tú, ¿Lo leiste?¿Qué te pareció?

Si te gusta la lectura y te animas a un rato de charla, nos reunimos el próximo 16 de marzo. El libro elegido será Las mutaciones, de Jorge Comensal. ¡Nos vemos!

Comparte esto:

El hombre perfecto

“…Atticus había dicho una vez que nunca se conoce realmente a un hombre hasta que uno se ha calzado sus zapatos y caminado con ellos”. Este fragmento de Matar a un ruiseñor (To kill a mockingbird 1962) de Robert Mulligan resume cómo era Atticus Finch y su ideal de ser humano. Capaz de aunar en su persona todas las cualidades que harían de este mundo un sitio mejor si todos lo imitáramos.

Harper Lee escribió una novela, ganó el Pulitzer y se retiró. Nunca más concedió entrevistas y no volvió a publicar nada. Su novela se convirtió en una de las mejores películas que se han hecho jamás sobre la condición humana. El relato autobiográfico de una de las grandes amigas de Truman Capote, fue llevado primorosamente por uno de los directores más elegantes que daría el nuevo Hollywood.

Matar a un ruiseñor nos presenta al hombre perfecto, Atticus Finch, un abogado viudo que vive en el sur de Estados Unidos con sus dos hijos y que deberá defender a un hombre negro de una violación que no cometió. El conflicto racial que se crea en la zona será el telón de fondo de una historia que nos habla además de la niñez, de valores como la tolerancia, la humildad, la dignidad y sobretodo la templanza y es que si hay un personaje en la historia del cine que represente esta virtud sin duda ese personaje es Atticus (excelso Gregory Peck, confiriendo al personaje tal veracidad que la propia Harper Lee le reconocía el parecido con su padre, verdadero inspirador de la novela). Atticus es justo, sabe que tiene que defender al acusado, a pesar de ser un hombre negro, porque eso es lo que le ha enseñado a sus hijos. Les ha enseñado que todos somos iguales y sabe que si no defiende a Tom Robinson, jamás podría volver a mirarlos a la cara.

Atticus es el héroe al que todos debemos aspirar. Nunca utiliza la violencia, no la necesita, su arma es el diálogo, su capacidad de argumentar, su firmeza a la hora de defender lo justo. Atticus es el hombre más justo que jamás conoceremos. Sus hijos lo admirarán eternamente y nosotros al verlo en pantalla ya nunca querremos ser otro hombre sino Atticus Finch. Le gusta leer en el porche un libro y contarle cuentos a sus hijos antes de dormir. Representa como nadie lo más noble del ser humano.

Matar un ruiseñor es un alegato contra el racismo, una visión sobre la niñez, una revisión de la tolerancia y sobretodo un ejercicio majestuoso de didáctica. También es una crítica a esa sociedad que crió a hombres honrados en la creencia de que los negros son una raza inferior. Veremos cómo es esa América post depresión del 29 a través de los ojos de los niños.

Robert Mulligan procedía de esa generación de directores que dieron el salto de la televisión al cine, directores como Delbert Mann, John Frankenheimer, Arthur Penn o Franklin J. Schaffner. Directores que imprimieron un nuevo sello al cine de finales de los 50 y principios de los 60. Cineastas que reflejaron como nadie el cambio que el mundo estaba experimentando.

En Matar a un ruiseñor Mulligan a través del texto de Harper Lee nos muestra ese mundo decadente del viejo sur, de ambientes claustrofóbicos donde el sudor lo empaña todo. Casi podemos sentir ese calor asfixiante en cada plano del pueblo. Un mundo donde los negros son seres inferiores y no tienen derecho ni a vivir cerca de los blancos. Costumbres arraigadas profundamente, en un Sur de los Estados Unidos, que veremos también en cintas como Tiempo de matar ( A time to kill 1996) de Joel Schumacher donde un joven abogado, Matthew McConaughey, nos lleva irremisiblemente a Atticus Finch, nuestro héroe perfecto. Si Tiempo de Matar busca el exceso para hacer el mismo alegato que Matar a un ruiseñor ésta es todo lo contrario, una película contenida donde los momentos duran lo que deben durar sin alargarse innecesariamente, sin concesiones, que no cae en la sensiblería y que además tiene a un protagonista que hace de esa contención una excelente virtud (Oscar más que merecido para Gregory Peck).

Toda niña experimenta una visión idílica de su padre pero aquí Harper Lee y por ende Robert Mulligan consiguen hacer que esa visión que la niña (Mary Badham) tiene sobre Atticus traspase la pantalla y todos nos sintamos fascinados por un personaje al que quisiéramos parecernos para hacer de éste un mundo mucho mejor.

La música de Elmer Bernstein nos sumerge de un modo fascinante en ese pueblo donde los hijos de Atticus y su relamido amigo (Truman Capote de pequeño) descubrirán lo que realmente merece la pena ser aprendido. Es aquí donde vemos el talento de Mulligan para saber aprovechar ese diamante en bruto que era el texto de Harper Lee. Como dijo alguien una gran película es aquella que hace que al terminar de verla queramos ser mejor persona. Matar un ruiseñor es sin duda una de esas películas

Rubén Moreno

Comparte esto:

La soledad no elegida

¿Quién dijo que de una gran obra de teatro no puede salir una gran película? ¿Está reñido el lenguaje teatral con el cinematográfico o son complementarios? Delbert Mann provenía de la televisión, se había hecho famoso en este medio y consiguió una magistral adaptación de una obra de Terence Rattigan.

Cuando decide llevar Mesas separadas (Separate Tables 1958) a la gran pantalla lo que Delbert Mann tenía más complicado era poder adaptar el texto de Rattigan y además imprimirle su sello personal. (Table by the window y Table number seven eran las dos historias que el escritor irlandés había escrito para sustentar esta maravillosa obra de teatro. )

Podríamos considera a Rattigan junto a Sommerset Maughan o Noel Coward uno de los predecesores de los John Osborne, de esos “jóvenes airados” (Angry Young Men)  que romperían posteriormente con el victorianismo de la escena británica.

Mesas Separadas tiene la virtud de las cosas sencillas: Un hotel fuera de temporada donde conoceremos unos personajes que son casi náufragos en medio de la isla de la vida: El comandante Pollock, (David Niven) retirado y siempre reverdeciendo viejos laureles, una apocada muchacha Sybil (Deborah Kerr) que sufre ocasionales ataques de histeria y cuya autoritaria madre (la señora Railton-Bell) anula totalmente, un escritor norteamericano John Malcolm (Burt Lancaster), un viejo profesor de griego jubilado, una solterona adicta a las apuestas, la pareja de novios, la amiga de la señora Railton-Bell, etc…Todos  huéspedes fijos atendidos por la señorita Cooper (maravillosa Wendy Hiller) que representa la sobriedad y el equilibrio. La normalidad del hotel se verá alterada con la llegada de una fascinante mujer norteamericana (Rita Hayworth).

El texto de Rattigan nos atrae desde el principio por sus diálogos precisos y concisos, una película donde la gente habla y cuenta cosas interesantes. Además tiene una magnífica dirección de actores. Los actores de reparto son elemento esencial en esta película. Sus intervenciones son como una pausa en las tramas principales, una especie de respiro tras las secuencias más dramáticas. Impagables algunos de estos personajes.

            Mesas separadas nos habla de la soledad y lo terrible que es cuando ésta no es elegida, de ese tabú llamado sexo en la Inglaterra post II Guerra Mundial, de superar los propios miedos, de pasiones animales que se creían apagadas, …en definitiva de las relaciones humanas, temas todos atemporales. Nos habla del yugo de una madre autoritaria, Gladys Cooper, que ya hiciera ese papel en La extraña pasajera (Now, voyager 1942) de Irving Rapper,  y que no se conforma con tener sometida a su hija sino que pretende lo mismo con los demás huéspedes. Su afán por vivir en el decoro y el honor le imposibilita admitir otras formas de pensar.  Refleja muy bien la época en la que bastaba la intolerancia de alguien para que los demás por temor callaran y cometieran una injusticia.

 La historia entre Sybil y el comandante Pollock conmueve por su veracidad, por su fuerza natural. El secreto que guarda Pollock, la imposibilidad de hacer nada por sí misma de Sybil, las trabas que la sociedad puede poner a los que son diferentes, la represión sexual, etc.

Por otro lado, asistimos a un combate entre el amor-pasión encarnado por Rita Hayworth y el amor-tranquilidad encarnado por Wendy Hiller. En esa dualidad el personaje de Burt Lancaster tendrá que debatirse entre lo que le conmueve y lo que le conviene. Difícil elección de la que nos hace partícipe el director con un constante juego de miradas, algo que el teatro no puede conseguir y que da realce a esta adaptación.

Porque en este microuniverso, que es el hotel Beauregard, vemos como a ritmo pausado parece que no sucede nada y sin embargo los acontecimientos no paran de producirse, formalismos chocando con la felicidad, oportunidades pasadas que vuelven, pasiones irrefrenables, …

            Técnicamente se nota la mano de Delbert Mann en cada movimiento de grúa, en cada momento en que los actores saben cuál es su marca y se paran y dicen el diálogo mientras hacen cosas (impagable Wendy Hiller), movimientos que nos trasladan inequívocamente a su etapa en la televisión. Solo así puede entenderse la perfecta planificación a la hora de rodar que Mann consigue en una secuencia final filmada con un enorme talento. Un ejercicio absoluto de técnica que nos llena de emoción.

            Los personajes presentados ante nuestros ojos al principio de la película experimentarán una especie de catarsis que les hará alcanzar mayor dignidad que la que mostraron al inicio. Todos encontrarán su sitio, ése que buscan mientras desayunan, almuerzan y cenan en Mesas Separadas.

Terence Rattigan junto a Sommerset Maughan o Noel Coward puede ser considerado como uno de los predecesores de los John Osborne o Kingsley Amis, de esos “jóvenes airados” (Angry Young Men) que romperían posteriormente con el victorianismo de la escena británica.Hoy repasamos "Mesas Separadas" la maravillosa adaptación que Delbert Mann realizó de dos historias que sustentaban la obra de teatro de RattiganEspero que os guste…

Publicada por Robert Moore en Jueves, 17 de enero de 2019

Rubén Moreno

Comparte esto:

El eterno recuerdo de una puesta de sol

...Nueva York era una metrópoli perfectamente consciente que en las grandes capitales no era “bien visto» llegar temprano a la ópera; y lo que era o no era «bien visto» jugaba un rol tan importante en la Nueva York de Newland Archer como los inescrutables y ancestrales seres terroríficos que habían dominado el destino de sus antepasados miles de años atrás…

Este fragmento de la novela  “La Edad de la Inocencia” de Edith Wharton ejemplifica cómo era el Nueva York de 1870, la época en que se desarrolla la historia de amor prohibido entre Newland Archer y Ellen Olenska. Una historia absolutamente arrebatadora que cautivó a otro de los directores, junto a Woody Allen, enamorados de Nueva York. Hablamos nada menos que de Martin Scorsese,  quien alejado de su habitual cine, rinde de nuevo homenaje a la ciudad que nunca duerme  en una magnífica adaptación que fue llevada al cine en 1993 con un exquisito y refinado gusto  y donde la fotografía de Michael Ballhaus y la música de Elmer Bernstein se convierten en personajes secundarios de lujo.

Galardonada con el Premio Pulitzer de 1921,  la novela es un tratado sobre la sociedad endogámica del Nueva York de finales del XIX. Un retrato de la intolerancia, la hipocresía y las normas férreas que la sociedad de entonces impone como precio a todo aquel que osa pertenecer a ese selecto grupo llamado la Alta Sociedad neoyorquina de los Mingott, los Welland, o los Van der Luyden. La  fidelidad a la novela es un complemento ideal para la construcción de una película que con el tiempo se convierte ya en un clásico del cine.  Scorsese mueve la cámara con pulso firme para adentrarnos en un microcosmos ya reproducido en novelas similares como  la excelente “Washington Square” de Henry James.

En “La edad de la Inocencia” el trío protagonista se antoja imprescindible y absolutamente arrebatador. Los tres personajes se afianzan en sus roles iniciales para ahondar en un universo pleno de dobles morales y de hipocresía. Una sociedad extremadamente claustrofóbica que además incide en el papel superfluo de la mujer en el devenir diario.  ( …era absurdo tratar de emancipar a una esposa que no tenía el menor interés por conocer el significado de dicha emancipación…) Es por ello que cuando la condesa Olenska (maravillosa Michelle Pfeiffer) pretenda regresar al mundo en el que creció sea considerada una intrusa, una especie de proscrita, aunque las apariencias por supuesto  muestren lo contrario.  La idea de divorciarse chocará con la intransigencia de una especie de clase social donde esas cosas no son aceptadas y menos cuando la mujer es la que pretende llevar la iniciativa.  Por otro lado Newland Archer (Daniel Day Lewis) y May Welland (Winona Ryder) representan lo que esa sociedad quiere mostrar pero la historia nos relata la lucha interna,  en principio,  solo de Archer,  por reivindicar su derecho a sentir y a desear por encima de las convenciones sociales. Con el desarrollo del film podemos ir sintiendo como dicha lucha interna de Archer no es solo suya, la condesa Olenska y también May serán víctimas de esas convenciones y es aquí donde aparece un Scorsese magistral quien apoyado en el magnífico texto de Wharton desarrolla una serie de movimientos de cámara y de planos que convierten a esta película en una auténtica joya.

La capacidad de Scorsese para adentrarse en los personajes y en sus pensamientos, parte de la intencionalidad a la hora de colocar la cámara y sobretodo el uso de la luz en cada momento. Los momentos entre Archer y Ellen son filmados con primeros planos lentos que ejemplifican  el inicio del acercamiento entre ellos.  De entre todos esos planos queda el eterno recuerdo de una puesta de sol en ese plano majestuoso del embarcadero mientras Ellen Olenska es observada por Newland Archer  y un barco cruza el horizonte en el momento que ella es filmada de espaldas.

“La edad de la inocencia” nos hace un perfecto dibujo de una pasión amorosa prohibida que ante la imposibilidad de consumarse consigue que perviva en el espectador gran parte de ese dolor que sufren los protagonistas. La suntuosidad del primer tramo de la cinta donde se nos es presentada esa inquisidora sociedad neoyorquina, pasa con el crecimiento de los personajes  a transformarse en un relato íntimo y lleno de matices y subtexto. Las miradas de Day Lewis y Pfeiffer cuando se ven en presencia de otras personas son retratadas magistralmente por el cineasta neoyorquino  a través de una exquisita puesta en escena donde el director transita en la necesidad de analizar todos esos códigos que coartan las libertades personales. La aparente fragilidad de May Welland que en realidad solo es aparente, entronca con el dilema moral que plantea la novela y por ende Scorsese al dibujarnos un escenario donde los valores de dicha sociedad pretenden imponerse a los deseos y sentimientos propios. En esa lucha, los damnificados siempre son aquellos cuya catadura moral es mayor,  mientras los jerarcas hipócritas que rigen las normas salen indemnes siempre. Esa sucesión de impecables modales corteses esconden en la mayoría de los casos una mezquindad capaz de acabar con la reputación de cualquiera que ose poner en entredicho tal establishment.

La vacuedad de ese mundo y lo que conlleva dejan  un poso de tristeza y melancolía en el protagonista que el espectador hará propio sobretodo a través de la mirada de Archer en una secuencia final antológica donde de nuevo evocará esa puesta de sol a través de su recuerdo. Este profundo, contenido y armónico melodrama permanece repleto de eufemismos, de silencios que pretenden actuar como elemento de comunicación y representa además todo un manual de “corrección” aparente  frente a cualquier elemento perturbador o transgresor.  Será este el espacio en el que Newland Archer y Ellen Olenska vean pasar por delante su felicidad teniendo que decidir qué camino escoger,… el correcto o el que quieren.

Rubén Moreno

Comparte esto:

Sobre una pequeña librería de San Pedro.

(Os dejo a continuación el texto del Pregón de la Feria del Libro de San Pedro de Alcántara 2019. Ha sido todo un honor y responsabilidad que pensaran en mi. Espero que os guste.)

Que un librero se enfrente a la inmensa responsabilidad de redactar un pregón para la Feria del Libro de su pueblo es, sin lugar a dudas, todo un honor y, también, un gran reconocimiento a la labor que realizamos en este gremio los auténticos locos que aún quedamos hoy en día.

Cuando llegamos a San Pedro, cuando aún faltaba bastante tiempo para que las canas hicieran patente que la vida va dejando huella, en aquellos tiempos que la memoria comienza ya a dejar medio olvidados en algún rincón perdido, mi vida laboral se centraba en algo que para nada tenía que ver con el mundo del libro. La crisis, maldita palabra, hizo que tuviera que pasar un tiempo sin trabajo. Los lunes al sol, como aquella magnífica película de Fernando León, me hicieron meditar mucho y decantarme finalmente por llenar de libros algunas estanterías. Muy loco yo, desde luego que sí. Ya decía Charles Dickens en su libro Historia de dos ciudades: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, era la edad de la sabiduría, era la edad de la insensatez, era la época de la creencia, era la época de la incredulidad, era la estación de la luz, era la estación de la oscuridad, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación”. Qué actual resulta aun sabiendo que Dickens nació a principios del siglo XIX, ¿verdad?  Pues, como decía, la llenamos de libros, de material de papelería y otros artículos que ayudaran a que el negocio pudiera tirar “pa´lante”. Porque, no podemos engañarnos, tan solo del libro, es imposible que un negocio como este subsista.  Supongo que aquí se manifestó mi Mr. Hide en su versión más paranoica, esa cosa de locos que les acabo de mencionar. Afortunadamente para nuestros amigos y clientes, suelo ser más Dr. Jekyll, no tengan duda de que pueden entrar sin riesgo alguno a la librería.

Si, al principio he dicho de “su pueblo”, porque yo no soy nacido aquí pero me considero, hace tiempo, un sampedreño más. Tengo un precioso negocio y una familia, más preciosa aún, con 2 hijos que si son sampedreños por los 4 costados, como yo a fin de cuentas, que llegué hace ya un buen número de años y no me marcharía de mi San Pedro, nuestro San Pedro, por nada del mundo.

Pasan los años, cada vez con mayor rapidez, es lo que tiene ir quitando hojas del calendario que vamos dejando caer poco a poco. Al principio hay muy pocas, tardan en llegar al suelo. El correr del tiempo es lento. Te vas haciendo mayor casi sin notarlo, comienzas a comprobar con claridad como esas hojas arrancadas van  tardando menos en llegar abajo, es normal, la montaña que se acumula a nuestros pies es ya bastante alta. A veces echas la vista atrás y, en este caso concreto, parece que hace un rato que abrimos la librería, luego comienzas a pensar y te das cuenta de que en estos años que han pasado, ocurrieron muchas cosas. Seguro que al principio cometimos muchos errores y seguro que a día de hoy los seguimos cometiendo, pero siempre estaremos dispuestos en Nobel San Pedro, en nuestro pequeño rinconcito de calle Lagasca, para ayudar y poder ofrecer un servicio lo más correcto y que satisfaga a nuestros clientes y amigos de la mejor forma posible.

Porque entrar en una librería, en cualquiera, es muchas veces algo más que ir a hacer una compra. Es un servicio que en multitud de ocasiones casi rogaría por que fuera considerado de primera necesidad. Escoger un libro no es tarea fácil, aunque deben saber que a veces será él quien les elige a ustedes. Dependiendo del estado de ánimo, a veces será requisito imprescindible el dejarse guiar por los consejos del librero de turno. Como cuando se acude al médico porque nos duele algo y este sabe qué recetarnos y en qué dosis. Un librero, cuando conoce al lector, tiene muy altas posibilidades de dar con el libro que cure su necesidad en un preciso momento. Cuando vayan de turismo, cuando pasen por lugares que no conocen, nunca olviden buscar alguna librería y pasar a echar un vistazo y conocerla, como quien entra en una catedral y respira esa paz y sosiego entre sus anchos muros, su espíritu se lo agradecerá.

¿Acaso hay algo con más magia que una librería?

Recuerdo, sin poder evitar emocionarme, esos nervios, ese miedo e incertidumbre por lo que nos depararía el futuro a corto y medio plazo cuando estábamos montando y preparando la librería. Fue un 9 de julio, un sábado, cuando Espacio Lector Nobel abría sus puertas por primera vez. Quedan un par de recuerdos marcados en la memoria por encima de todos: esas personas que entraban al local y te decían con una sonrisa en la boca “qué me gusta el olor a libro”. Y luego había otros, eran esos que te decían, con la misma parte de admiración que de estupor, que había que estar muy loco o ser muy valiente para montar una librería con los tiempos que corren. A mí, desde luego, me gusta mucho más aquello de loco, porque no son pocas las veces que un humilde Don Quijote vence su particular batalla contra los gigantes y, una vez más, volvemos a la locura. ¡Calma! No hay riesgo alguno, la locura del librero, como la de cualquier buen lector, es muy sana y recomendable. De hecho, pienso que habría que crear pequeñas dosis de esta locura literaria para aquellos que todavía no descubrieron la lectura y así poder ofrecerles una poción como Panoramix hacía con Asterix y los galos. Se dice en El conde de Montecristo de Alejandro Dumas  que “La alegría causa a veces un efecto extraño; oprime al corazón casi tanto como el dolor” y, bueno, no deja de ser un sentimiento que  tengo muy cercano cuando abrimos cada mañana las puertas de la librería y el aroma del papel nos impregna cada poro de nuestro cuerpo.

Llegados a este punto, debo decirles que lo cierto es que no sé cómo se escribe un buen pregón. A mí siempre me tocó estar del otro lado, leyendo lo que otros tenían que contar pero, en fin, lo que sí sé es que para cualquier persona un buen libro es aquel que le llega al alma, aquel que le emociona, es aquel que le hace viajar o conocer otros mundos, un buen libro es aquel que consigue evadirlo del duro día a día, meterse en la piel del protagonista y admirar u odiar a cualquier personaje como si fuera alguien que el lector tiene frente a sí mismo.

Por eso he querido que este pregón sea un pequeño homenaje a todos los libreros, esos hacedores de milagros, esos transmisores de historia, esos que conocen el remedio para la tristeza o la soledad, esos que sabrán hacerle reír, llorar, pasar miedo y, sobre todo, aprender. Y, por supuesto, al LIBRO. Así, con cada una de las cinco letras que componen esta palabra en mayúscula, sin más pretensiones, sin dedicarme a alabarlo con palabras típicas y frases hechas que pueden parecer que encajan muy bien en la situación pero que finalmente carecen de sentimiento.

L de libertad. Lea y será más libre. Tendrá una opinión más formada. Lea y viajará a lugares increíbles. Conocerá mundos que jamás soñó que podría visitar.

I de ilusión, de iluminar. I de imaginación. Lea y verá cómo su mente se abre. Compruebe lo que un texto puede despertar y provocar.

B de bienestar. Quizás no físico, pero con la lectura conseguirá una satisfacción interior plena y completa. Solo es cuestión de cultivarlo un poco, de ejercitarlo.

R de racional, ¿Qué si no? Poder ser capaz de pensar según un criterio propio, razonar y emitir juicios en virtud de un pensamiento individual. ¿No es eso libertad?

O de oasis. De odisea. Abrir un libro se convierte, casi siempre, en una odisea que, una vez leída la última página y cerrado el libro, le hará sentir en un oasis por mucho desierto del que pueda estar rodeado.

Ahora, “Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso.” Ya saben ustedes, así comenzó Salinger su “Guardián entre el centeno” y ese mismo rollo pienso evitarles yo, no teman.

Así que, permíteme tutearte, este homenaje comienza a las puertas de mi librería. Pasemos dentro, es tan tuya como mía –aunque eso no quite que sea solo a mí a quien no deja dormir muchas noches pensando en facturas, pedidos y mil cosas más-. Y en una de las estanterías un libro, discreto y perdido entre tantos, parece llamarte, intenta captar tu atención. Esa portada que te reclama es este pregón. Esa portada es también San Pedro de Alcántara, un rincón de la Costa del Sol bañado por el Mediterráneo que nos canta Serrat, ese Mediterráneo que se acerca y que se va después de besar nuestra aldea y, jugando con la marea se va, pensando en volver, porque tal como continua la conocida canción, se añora y se quiere, sobre todo cuando estas fuera de aquí.

San Pedro con, puede ser, algunos defectos pero con infinitas virtudes. Un rincón con un clima espectacular, tanto que si te mueves en cualquier dirección unos pocos kilómetros ya cambia algo, deja de ser lo mismo por mucho que se quiera parecer. Por tanto, resulta de obligado cumplimiento leer este libro que se nos presenta, que nos llama y atrapa y ya nunca querrás salir de entre sus páginas. Siempre desearás ser parte de él. Léelo. Cuídalo. Mímalo. Lee en una terraza, lee en el paseo marítimo, lee en casa en uno de esos pocos días lluviosos. Pero lee. Por cierto, si toca uno de esos días de agua, encaja perfectamente un buen café. Si toca buen tiempo marida a las mil maravillas una buena copa de vino.

Ya lo tenemos todo. Tenemos música, acompañados por Alejandro, tenemos nuestro libro y, quizás, nos faltaría la imagen del cine, pero eso no es nada que no podamos suplir dejando volar nuestra imaginación. ¿Alguna duda de que somos muy afortunados?

Pues bien, coges ese libro de la estantería, sientes su tacto, ya te dije que en cierto modo no eres tu quien lo eliges, es el libro quien te elige a ti. Pruébalo algún día, entra en cualquier librería, recorre sus estantes, disfrútalo y espera que alguno de los libros allí colocados, esperando pacientemente a su lector,  te susurre al oído que quiere marcharse contigo.

Comienzas a ojearlo y, claro, lo primero que sueles encontrar es la dedicatoria. Normalmente es muy breve, no podía ser menos en este caso, y dice algo así: A ti, San Pedro, si ya cantaba Gardel que 20 años no es nada, los 159 que te contemplan siguen siendo nada. Sigue creciendo, avanza y nunca, nunca, olvides de dónde vienes.

Después es habitual que aparezca un epígrafe, esa cita breve pero cargada de contenido. Dice así: “Uno es valiente cuando, sabiendo que ha perdido ya antes de empezar, empieza a pesar de todo y sigue hasta el final pase lo que pase. Uno vence raras veces, pero alguna vez vence” texto de Matar a un ruiseñor. Maravillosa novela de Harper Lee, genial película también.

En fin, ha sido un rápido vistazo y ya sientes a ese libro parte de ti, toca leer la primera frase de esta historia que hoy estamos compartiendo, esa que debe conseguir atraparte. En este caso, hagamos nuestra aquella de Miguel Delibes en “El camino” que decía: “Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así”. Cuánta sencillez, qué simpleza, realmente cualquier libro bien podría haber comenzado de este modo. Pero NO. Es este, sólo este, el libro que plasma así estas primeras palabras. ¡Y detona brutalmente! Te captura y ya eres completamente suyo, comienzas a pasar páginas, te metes tanto en la trama que no puedes dejar de leer, ¡un capítulo más y a dormir! Pero no será así, este es un libro que, una vez empezado, debemos acabar.

Este libro que estamos devorando contiene un poco de todo. Terror al principio, incertidumbre que con mucho esfuerzo consigues aplacar. Humor, ternura, felicidad y malos momentos, algunos fatales, en su parte central. Y es que así es la vida, una montaña rusa que rara vez se mueve despacio y horizontal. Y, aunque hoy habrá que darle un final, intentaremos que sea un final bonito, cerrado y perfecto, pero lo cierto es que siempre en la última página pondrá “continuará” porque yo seguiré poniendo todo mi esfuerzo y ganas en hacer de esta aventura algo que perdure en el tiempo. Podéis estar seguros.

Leyendo los primeros capítulos de nuestro libro, vemos que la historia nos cuenta los orígenes de una pequeña librería. Abierta aquí, en pleno centro del pueblo. ¿Quién dijo que sería fácil? Esa primera parte nos ubica, nos presenta a los principales personajes que dan vida y sentido a la librería.

El primero, un servidor. Como decía al principio, insisto, probablemente un loco, como si nos hubieran sacado de la “cripta embrujada” o del “tocador de señoras” de Eduardo Mendoza, cual Ignatius en “La conjura de los necios”, como Alonso Quijano, nuestro personaje universal de Cervantes. Más tarde aparece una chica, se llama Isa,  se sube al carro literario y se suma al viaje. Como la señorita Helen de “La librería ambulante”, cual “Matilda” de Roald Dahl, aporta brillantez, frescura y alegría en la historia que cada día reescribimos entre las paredes de esta sucursal de libros. Y por fin, aparece el personaje más entrañable en toda historia, ese que en cuanto lo conoces, te enamoras de él, es una figura que tiene mil nombres, diferentes edades y un sinfín de caras, aspectos y formas de ser. Es todo eso y, además, imprescindible, ya que sin él, sin ellos, toda esta historia caería como un castillo de naipes. No podría ser nada. Cómo no, hablamos del cliente. Del cliente habitual, del puntual y de aquellos a los que ya se debe calificar como amigos. Va a ser esta figura la que siempre quede en el recuerdo, la que marca la historia leída y que, a pesar del paso del tiempo y de olvidar buena parte del argumento, siempre queda ahí, marcada por infinidad de anécdotas y cosas curiosas. Entre nuestros clientes y amistades aparecen algunos sujetos magníficos. Tenemos a nuestro particular Peter Pan, ya entrado en años aunque a él no le gusta llevar la cuenta, pero con el espíritu más joven que se puede imaginar. De vez en cuando nos visita Bastian, cuando deja de vivir aventuras en su “Historia interminable”. Aparece Charlie a veces con un poco de chocolate, eso sí, cuando puede despistar unos minutos al Sr. Wonka. También el Lazarillo, con quien debemos tener mucho ojo si no queremos que nos haga alguna treta. Huckleberry Finn nos hace pasear a veces en un barco de vapor. También viene Pinocho, nos prometió que el tamaño de su nariz sería para siempre el mismo. Y Don Juan Tenorio, que nos cuenta con magnífica prosa sus conquistas de cada noche. A veces, cuando la cosa se pone fea y necesitamos magia, llegan esos momentos en que debemos acudir a lo más selecto para estos menesteres, Harry Potter, Merlín o el mismísimo Gandalf acuden puntuales si se les cita y nos levantan el ánimo, como haría el sombrerero loco ofreciéndonos un té. Ellos, con su magia, son capaces de conseguir prácticamente cualquier cosa.

Otras veces, la librería se transforma y nos transporta a Macondo, allí comemos los platos preparados por Tita, el personaje de Laura Esquivel. Viajamos a Nunca Jamás a lomos de Platero, Dumbo o Bagheera donde nuestros clientes más pequeños alucinan con Stilton, Greg, Mickey Mouse o las aventuras que se corren los cinco. Dorothy nos conduce por un camino de baldosas amarillas, a veces llegamos a Oz, otras al país de las maravillas y, rara vez, acabamos en las Tierras Medias del “Señor de los anillos”.

Ciertos días, cuando ya es muy tarde y la calle está solitaria, dicen que si te asomas al escaparate y pegas mucho la cara, es posible ver fugazmente algún movimiento dentro de la librería. Son momentos en los que personajes ilustres se reúnen y deciden con qué persona se irán en los próximos días. Se puede ver a los buenos de Mortadelo y Filemón, a Rompetechos. A Obélix junto a Tintín. También se dejan ver el Capitán Alatriste, D’Artagnan o el gato con botas. A veces sacan sus armas y se divierten jugando a ver quién es el mejor espadachín, pero no temas por ellos, nunca se querrían hacer daño.

Y como en todo gran cuento, también tenemos nuestros personajes gruñones. Moriarty, Scrooge, la madrastra de Blancanieves o  Long John Silver de La isla del tesoro también aparecen. Permítanme recordar a aquel inolvidable señor que, en un caluroso día de verano, tuvimos el honor de que pasara a visitarnos y nos preguntó si teníamos el último título de Punset, “pero te lo deletreo -pe-u-ene-ese-e-te-… es que quizás por aquí no lo conozcáis”. Lujazo que se marca alguien que tiene a bien venir a una tierra que ha visto nacer a Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel, en Huelva. A Antonio Machado, sevillano, que dejó a su caminante hacer el camino con sus huellas, pero mejor no volvamos la vista atrás. A Elvira Lindo en Cádiz, con su manolito gafotas, donde cada año se cantan letras, a veces hechas himnos, de Alba, Pardo o Aragón. A Góngora en Córdoba, inmortalizado en un cuadro por Velázquez, si también este es andaluz. A María Zambrano en Málaga, Premio Cervantes y Príncipe de Asturias, ¡ahí queda eso!. A Lorca en Granada, donde sus letras se hicieron música cantadas por Carlos Cano, ¡anda, que este también es de aquí! A Antonio Muñoz Molina en Jaén, más que premiado y miembro de la Real Academia. A Carmen de Burgos en Almería, adelantada a su tiempo, escritora, periodista y activista por los derechos de la mujer.

Luego están los personajes simpáticos y divertidos, ¡Estos son geniales! Aquella señora que llega al mostrador y te pregunta por un libro que tuvimos hace 2 ó 3 semanas en el escaparate. ¡Vaya, mi memoria! Sí, aquel que tenía una chica con un gorro rojo en la portada. Sí, sí, sí, claro que estoy segura. Era eso, y tenía las letras doradas. Y la tapa dura. Pues no lo creerán, son muchas las veces que estas cuestiones acaban en éxito. Pero resulta que en la portada no había chica, aparecía un caballo y las letras en vez de doradas, eran negras y, adivinen, nada de tapa dura, era una edición de bolsillo.

De este modo, avanzamos páginas, espero que estemos disfrutando la lectura y que, ahora que nos va quedando poco para acabar, leamos más despacio. A mí me pasa a veces, cuando un libro me llena de verdad y no quieres acabarlo, inconscientemente decido bajar las revoluciones, intento leer cada palabra con lentitud, intento pronunciar en mi mente exageradamente, deseando que no acabe.

Pero es irremediable, esta aventura va tocando a su fin. No pasa nada, mañana será parte de nuestra memoria. Para mí personalmente quedará para siempre en un rinconcito especial de mi corazón. Y para todos, llegaran nuevas historias, ya sabes, habrá terror, humor, intriga y amor, mucho amor. Porque de eso se trata, de vivir continuamente un millón de vidas. Recuérdalo, Lee.

Y como ya decía, hay que poner el broche final. Cerrar el capítulo donde todo concuerda por fin. Donde encontramos el pleno sentido a toda la historia que hemos vivido en este agradable rato. Ha sido una fabulosa historia que nos emocionó o nos sacó una sonrisa cuando tocaba. Ahora se baja el telón y tocará meditar reposadamente, asimilar nuestra historia. Pero ya sabes que, nos guste o no, siempre aparece un continuará al pasar la última página. Porque tú,  ¿pensarás seguir haciéndonos compañía siempre, verdad?

Y resulta que llegados al final, nos encontramos con los habituales agradecimientos, aquí el autor siempre destaca a una serie de personas sin las cuales no hubiera sido posible que el libro llegara a nuestras manos. Habría sido una historia, quizás escrita y olvidada en algún cajón que jamás vería la luz sin su ayuda. Es una parte que sé de buena tinta que muchos lectores nos saltamos a veces, pero no será hoy, hoy toca sufrir un poquito más.

Y esta dedicatoria dice algo así:

Gracias en primer lugar a vosotros, que me habéis dado la oportunidad de poder estar aquí como librero, como pregonero de esta feria. En un principio, cuando redactaba las primeras líneas pensé en qué título poner y dudaba entre hacer míos “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina” de Larsson o “A sangre fría” de Truman Capote, pero en seguida se me pasaron ciertas ansias asesinas por el “marrón” en que me estabais metiendo. Por fin, decidí el título, “Sobre una pequeña librería de San Pedro”. Librería y San Pedro tenían que aparecer, no había otra opción. Son los dos claros protagonistas en estos días que tenemos por delante.

También, cómo no, a los niños. A todos esos niños entre 1 y 99 años que nos hacen ver, como decía el principito, que “las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones”.

Gracias a los miembros de nuestro club de lectura “Librorum et Gulae”. Es un privilegio compartir con ellos la pasión por la lectura, una pasión que comenzó a la Intemperie de Jesús Carrasco, y que queda plasmada en nuestras tertulias y en los buenos ratos del Gulae, y es que nosotros disfrutamos tanto la lectura como del buen comer.

Gracias  a esas personas que de un modo u otro, ahora forman parte de mi familia aunque no compartamos sangre ni apellidos.

Y, como excepción, haré dos menciones concretas al mayor y a la más joven. Gracias a Félix, nuestro amigo de 91 años. La experiencia, cultura y sabiduría, pero sobre todo el buen humor diario que nos regala en cada visita nos deja energía en la reserva para una buena cantidad de tiempo. Y un enorme beso para Rebeca, mi ahijada de pocos meses, a la que pienso atiborrar de libros y cuentos para inculcarle la pasión por las letras, intentando en vano parecerme a Alfredo con Toto en la inolvidable cinta de Cinema Paradiso.

Toca también una disculpa para todos esos autores y personajes que se quedan en el tintero, espero que se sientan reflejados en esos que si he mencionado a lo largo de estas líneas.

Algunos de los aquí presentes, y otros que no han podido acompañarnos hoy, se habrán visto reflejados, o al menos esa era la intención, en algún momento de este pregón que aquí acaba, espero que hayan sabido adivinarse en ciertos pasajes. Poner cada nombre que se me venía a la cabeza habría sido imposible.

Me despido, ya sí, deseando que nunca perdáis el hábito de leer, que lo recuperéis si andaba olvidado o que lo encontréis en alguna librería porque, recordad, en alguna de sus estanterías hay un libro esperando que paséis a recogerlo para que os pueda transmitir su magia, porque haciendo un símil de Peter Pan y el batir de palmas para que no muera Campanilla, si no creemos en las librerías, estamos muertos. Así que batamos palmas con energía, quizás sin saberlo consigamos el milagro y alguna, a punto a echar el cierre, consiga mantener sus puertas abiertas mucho tiempo más.

En San Pedro de Alcántara, un uno de julio de 2019

Comparte esto: