El deseo y la luz

Patricia Higshmith, quien ya había terminado su novela “Extraños en un tren”, tenía 27 años y se encontraba sin dinero, por lo que buscó un empleo en la sección de juguetes de unos grandes almacenes. Un día entró una elegante mujer envuelta en visón que dejó un nombre y una dirección a la que enviar una muñeca. Al salir del trabajo, Patricia se fue directa a casa y escribió del tirón el argumento de la novela “El precio de la sal” que tuvo que ser escrita bajo el pseudónimo de Claire Morgan por la naturaleza escandalosa de la misma, según la época. Aún así y tras ser rechazada varias veces por los editores, fue publicada en 1953 y vendió más de un millón de ejemplares. En 1989, esta novela fue reimprimida bajo el titulo de “Carol” y el verdadero nombre de su autora. En 2015 Todd Haynes, filma la adaptación al cine de esta maravillosa novela de Patricia Highsmith y su protagonista, Cate Blanchett nos regala uno de esos personajes eternos.

Blanchett parece levitar cada vez que aparece en escena, la cámara, a penas la acaricia, la sigue como flotando mientras los ojos de una magnífica, también, Rooney Mara la observan con devoción. Son Carol Aird y Therese Belivet y asistimos como espectadores de lujo a la historia de amor entre ambas. Con el estilo habitual de Haynes, “Carol” es un retrato de la inquisidora sociedad norteamericana de los 50, surgida tras la Segunda Guerra Mundial, en la que la hipocresía y el fariseismo son claves. Por supuesto, una relación lésbica es considerada no solo inconveniente sino amoral por cuanto atenta a los principios básicos de cualquier sociedad castradora, lo que pone a la protagonista en la difícil tesitura de elegir qué es lo correcto. Además “Carol” es un ejercicio de buen gusto en el que Todd Haynes parece moverse de modo más que fluido, como ya habíamos visto antes en esa otra joyita del melodrama llamada “Lejos del cielo” en el que Julianne Moore nos trasladaba a la Jane Wyman de las películas de Douglas Sirk. Y es que en el cine de Todd Haynes las referencias clásicas son innegables y Sirk parece un espejo brillante al que mirar a través de una magnífica ambientación, aunque el director californiano incorpora su sello personal a través del desarrollo de personajes.

En “Carol” la escenografía nos recuerda constantes referentes de la cultura norteamericana y así vemos planos que recuerdan a la pintura de Hopper, el uso de la luz y la cámara desenfocada simbolizando la evasión de los personajes nos lleva a la fotógrafa Vivian Maier y los retratos de personajes que forman parte de la sociedad pero parecen estar excluidos. El color siempre presente en las protagonistas, la música, …pero sin duda donde esta película se hace grande es en la dirección de actores con unas extraordinarias Cate Blanchett y una sorprendente Rooney Mara. La imposibilidad de vivir de acuerdo a los sentimientos propios hace transitar a ambas por una especie de limbo de emociones del que solo pueden salir una vez redimidas. El arranque prodigioso de la película y su tramo final nos dirigen casi sin dar importancia a “Breve Encuentro” de David Lean. Lo que sucede entre medio de esas dos escenas es una demostración de buen gusto a la hora de rodar y de clasicismo exento de artificios. La delicadeza y el deleite por el detalle convierten la historia en una sucesión de momentos arrebatadores que culminan en un plano majestuoso de Cate Blanchett como cierre.

Lo cautivador de “Carol” es sin duda la propia singularidad dentro de un universo de referencias que alimentan la historia y componen un efecto revitalizador sin duda. Ese amor por alimentarse del pasado sin perder el rictus personal del film queda evidenciado en cada movimiento de cámara que Todd Haynes utiliza. Esto confiere a la cinta una personalidad propia y una especie de energía a la que la estratosférica interpretación de Blanchett ayuda sin duda. Los juegos de miradas, las caricias casi frágiles, todo compone un cuadro al que accedemos como insospechados visitantes de lujo, capaces de mirar con los ojos actuales y sobretodo con los de los años cincuenta para comprender cada una de las situaciones difíciles que se plantean.

En definitiva, estamos ante una obra magistral que por supuesto también recoge los ecos de otro de los trabajos de Haynes, la más que correcta “Mildred Pierce”. Aparece esa especie de devoción como decimos por evocar lo mejor de un cine atemporal como es el de la década de los cincuenta que entronca con esa percepción más que adquirida ya, de que solo podemos avanzar en el cine si sabemos de dónde partimos. “Carol” se convierte en una obra imprescindible sustentada por Haynes en el universo de Patricia Highsmith, alejada aquí de su género favorito, el policíaco… donde la psicología de los personajes toma importancia capital a la hora de entender su obra. En esta novela, podemos decir que está lo más personal de una autora que supo como pocas retratar las miserias del ser humano y las mezquindades y que aquí sin embargo, nos reconcilia con la vida a través de la estupenda historia de amor entre Carol Aird y Therese Belivet y que la cámara de Todd Haynes sabe captar haciéndonos mirar por los ojos de ambas para deslumbrarnos y hacernos vibrar.

Rubén Moreno

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El hombre perfecto

“…Atticus había dicho una vez que nunca se conoce realmente a un hombre hasta que uno se ha calzado sus zapatos y caminado con ellos”. Este fragmento de Matar a un ruiseñor (To kill a mockingbird 1962) de Robert Mulligan resume cómo era Atticus Finch y su ideal de ser humano. Capaz de aunar en su persona todas las cualidades que harían de este mundo un sitio mejor si todos lo imitáramos.

Harper Lee escribió una novela, ganó el Pulitzer y se retiró. Nunca más concedió entrevistas y no volvió a publicar nada. Su novela se convirtió en una de las mejores películas que se han hecho jamás sobre la condición humana. El relato autobiográfico de una de las grandes amigas de Truman Capote, fue llevado primorosamente por uno de los directores más elegantes que daría el nuevo Hollywood.

Matar a un ruiseñor nos presenta al hombre perfecto, Atticus Finch, un abogado viudo que vive en el sur de Estados Unidos con sus dos hijos y que deberá defender a un hombre negro de una violación que no cometió. El conflicto racial que se crea en la zona será el telón de fondo de una historia que nos habla además de la niñez, de valores como la tolerancia, la humildad, la dignidad y sobretodo la templanza y es que si hay un personaje en la historia del cine que represente esta virtud sin duda ese personaje es Atticus (excelso Gregory Peck, confiriendo al personaje tal veracidad que la propia Harper Lee le reconocía el parecido con su padre, verdadero inspirador de la novela). Atticus es justo, sabe que tiene que defender al acusado, a pesar de ser un hombre negro, porque eso es lo que le ha enseñado a sus hijos. Les ha enseñado que todos somos iguales y sabe que si no defiende a Tom Robinson, jamás podría volver a mirarlos a la cara.

Atticus es el héroe al que todos debemos aspirar. Nunca utiliza la violencia, no la necesita, su arma es el diálogo, su capacidad de argumentar, su firmeza a la hora de defender lo justo. Atticus es el hombre más justo que jamás conoceremos. Sus hijos lo admirarán eternamente y nosotros al verlo en pantalla ya nunca querremos ser otro hombre sino Atticus Finch. Le gusta leer en el porche un libro y contarle cuentos a sus hijos antes de dormir. Representa como nadie lo más noble del ser humano.

Matar un ruiseñor es un alegato contra el racismo, una visión sobre la niñez, una revisión de la tolerancia y sobretodo un ejercicio majestuoso de didáctica. También es una crítica a esa sociedad que crió a hombres honrados en la creencia de que los negros son una raza inferior. Veremos cómo es esa América post depresión del 29 a través de los ojos de los niños.

Robert Mulligan procedía de esa generación de directores que dieron el salto de la televisión al cine, directores como Delbert Mann, John Frankenheimer, Arthur Penn o Franklin J. Schaffner. Directores que imprimieron un nuevo sello al cine de finales de los 50 y principios de los 60. Cineastas que reflejaron como nadie el cambio que el mundo estaba experimentando.

En Matar a un ruiseñor Mulligan a través del texto de Harper Lee nos muestra ese mundo decadente del viejo sur, de ambientes claustrofóbicos donde el sudor lo empaña todo. Casi podemos sentir ese calor asfixiante en cada plano del pueblo. Un mundo donde los negros son seres inferiores y no tienen derecho ni a vivir cerca de los blancos. Costumbres arraigadas profundamente, en un Sur de los Estados Unidos, que veremos también en cintas como Tiempo de matar ( A time to kill 1996) de Joel Schumacher donde un joven abogado, Matthew McConaughey, nos lleva irremisiblemente a Atticus Finch, nuestro héroe perfecto. Si Tiempo de Matar busca el exceso para hacer el mismo alegato que Matar a un ruiseñor ésta es todo lo contrario, una película contenida donde los momentos duran lo que deben durar sin alargarse innecesariamente, sin concesiones, que no cae en la sensiblería y que además tiene a un protagonista que hace de esa contención una excelente virtud (Oscar más que merecido para Gregory Peck).

Toda niña experimenta una visión idílica de su padre pero aquí Harper Lee y por ende Robert Mulligan consiguen hacer que esa visión que la niña (Mary Badham) tiene sobre Atticus traspase la pantalla y todos nos sintamos fascinados por un personaje al que quisiéramos parecernos para hacer de éste un mundo mucho mejor.

La música de Elmer Bernstein nos sumerge de un modo fascinante en ese pueblo donde los hijos de Atticus y su relamido amigo (Truman Capote de pequeño) descubrirán lo que realmente merece la pena ser aprendido. Es aquí donde vemos el talento de Mulligan para saber aprovechar ese diamante en bruto que era el texto de Harper Lee. Como dijo alguien una gran película es aquella que hace que al terminar de verla queramos ser mejor persona. Matar un ruiseñor es sin duda una de esas películas

Rubén Moreno

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La soledad no elegida

¿Quién dijo que de una gran obra de teatro no puede salir una gran película? ¿Está reñido el lenguaje teatral con el cinematográfico o son complementarios? Delbert Mann provenía de la televisión, se había hecho famoso en este medio y consiguió una magistral adaptación de una obra de Terence Rattigan.

Cuando decide llevar Mesas separadas (Separate Tables 1958) a la gran pantalla lo que Delbert Mann tenía más complicado era poder adaptar el texto de Rattigan y además imprimirle su sello personal. (Table by the window y Table number seven eran las dos historias que el escritor irlandés había escrito para sustentar esta maravillosa obra de teatro. )

Podríamos considera a Rattigan junto a Sommerset Maughan o Noel Coward uno de los predecesores de los John Osborne, de esos “jóvenes airados” (Angry Young Men)  que romperían posteriormente con el victorianismo de la escena británica.

Mesas Separadas tiene la virtud de las cosas sencillas: Un hotel fuera de temporada donde conoceremos unos personajes que son casi náufragos en medio de la isla de la vida: El comandante Pollock, (David Niven) retirado y siempre reverdeciendo viejos laureles, una apocada muchacha Sybil (Deborah Kerr) que sufre ocasionales ataques de histeria y cuya autoritaria madre (la señora Railton-Bell) anula totalmente, un escritor norteamericano John Malcolm (Burt Lancaster), un viejo profesor de griego jubilado, una solterona adicta a las apuestas, la pareja de novios, la amiga de la señora Railton-Bell, etc…Todos  huéspedes fijos atendidos por la señorita Cooper (maravillosa Wendy Hiller) que representa la sobriedad y el equilibrio. La normalidad del hotel se verá alterada con la llegada de una fascinante mujer norteamericana (Rita Hayworth).

El texto de Rattigan nos atrae desde el principio por sus diálogos precisos y concisos, una película donde la gente habla y cuenta cosas interesantes. Además tiene una magnífica dirección de actores. Los actores de reparto son elemento esencial en esta película. Sus intervenciones son como una pausa en las tramas principales, una especie de respiro tras las secuencias más dramáticas. Impagables algunos de estos personajes.

            Mesas separadas nos habla de la soledad y lo terrible que es cuando ésta no es elegida, de ese tabú llamado sexo en la Inglaterra post II Guerra Mundial, de superar los propios miedos, de pasiones animales que se creían apagadas, …en definitiva de las relaciones humanas, temas todos atemporales. Nos habla del yugo de una madre autoritaria, Gladys Cooper, que ya hiciera ese papel en La extraña pasajera (Now, voyager 1942) de Irving Rapper,  y que no se conforma con tener sometida a su hija sino que pretende lo mismo con los demás huéspedes. Su afán por vivir en el decoro y el honor le imposibilita admitir otras formas de pensar.  Refleja muy bien la época en la que bastaba la intolerancia de alguien para que los demás por temor callaran y cometieran una injusticia.

 La historia entre Sybil y el comandante Pollock conmueve por su veracidad, por su fuerza natural. El secreto que guarda Pollock, la imposibilidad de hacer nada por sí misma de Sybil, las trabas que la sociedad puede poner a los que son diferentes, la represión sexual, etc.

Por otro lado, asistimos a un combate entre el amor-pasión encarnado por Rita Hayworth y el amor-tranquilidad encarnado por Wendy Hiller. En esa dualidad el personaje de Burt Lancaster tendrá que debatirse entre lo que le conmueve y lo que le conviene. Difícil elección de la que nos hace partícipe el director con un constante juego de miradas, algo que el teatro no puede conseguir y que da realce a esta adaptación.

Porque en este microuniverso, que es el hotel Beauregard, vemos como a ritmo pausado parece que no sucede nada y sin embargo los acontecimientos no paran de producirse, formalismos chocando con la felicidad, oportunidades pasadas que vuelven, pasiones irrefrenables, …

            Técnicamente se nota la mano de Delbert Mann en cada movimiento de grúa, en cada momento en que los actores saben cuál es su marca y se paran y dicen el diálogo mientras hacen cosas (impagable Wendy Hiller), movimientos que nos trasladan inequívocamente a su etapa en la televisión. Solo así puede entenderse la perfecta planificación a la hora de rodar que Mann consigue en una secuencia final filmada con un enorme talento. Un ejercicio absoluto de técnica que nos llena de emoción.

            Los personajes presentados ante nuestros ojos al principio de la película experimentarán una especie de catarsis que les hará alcanzar mayor dignidad que la que mostraron al inicio. Todos encontrarán su sitio, ése que buscan mientras desayunan, almuerzan y cenan en Mesas Separadas.

Terence Rattigan junto a Sommerset Maughan o Noel Coward puede ser considerado como uno de los predecesores de los John Osborne o Kingsley Amis, de esos “jóvenes airados” (Angry Young Men) que romperían posteriormente con el victorianismo de la escena británica.Hoy repasamos "Mesas Separadas" la maravillosa adaptación que Delbert Mann realizó de dos historias que sustentaban la obra de teatro de RattiganEspero que os guste…

Publicada por Robert Moore en Jueves, 17 de enero de 2019

Rubén Moreno

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El eterno recuerdo de una puesta de sol

...Nueva York era una metrópoli perfectamente consciente que en las grandes capitales no era “bien visto» llegar temprano a la ópera; y lo que era o no era «bien visto» jugaba un rol tan importante en la Nueva York de Newland Archer como los inescrutables y ancestrales seres terroríficos que habían dominado el destino de sus antepasados miles de años atrás…

Este fragmento de la novela  “La Edad de la Inocencia” de Edith Wharton ejemplifica cómo era el Nueva York de 1870, la época en que se desarrolla la historia de amor prohibido entre Newland Archer y Ellen Olenska. Una historia absolutamente arrebatadora que cautivó a otro de los directores, junto a Woody Allen, enamorados de Nueva York. Hablamos nada menos que de Martin Scorsese,  quien alejado de su habitual cine, rinde de nuevo homenaje a la ciudad que nunca duerme  en una magnífica adaptación que fue llevada al cine en 1993 con un exquisito y refinado gusto  y donde la fotografía de Michael Ballhaus y la música de Elmer Bernstein se convierten en personajes secundarios de lujo.

Galardonada con el Premio Pulitzer de 1921,  la novela es un tratado sobre la sociedad endogámica del Nueva York de finales del XIX. Un retrato de la intolerancia, la hipocresía y las normas férreas que la sociedad de entonces impone como precio a todo aquel que osa pertenecer a ese selecto grupo llamado la Alta Sociedad neoyorquina de los Mingott, los Welland, o los Van der Luyden. La  fidelidad a la novela es un complemento ideal para la construcción de una película que con el tiempo se convierte ya en un clásico del cine.  Scorsese mueve la cámara con pulso firme para adentrarnos en un microcosmos ya reproducido en novelas similares como  la excelente “Washington Square” de Henry James.

En “La edad de la Inocencia” el trío protagonista se antoja imprescindible y absolutamente arrebatador. Los tres personajes se afianzan en sus roles iniciales para ahondar en un universo pleno de dobles morales y de hipocresía. Una sociedad extremadamente claustrofóbica que además incide en el papel superfluo de la mujer en el devenir diario.  ( …era absurdo tratar de emancipar a una esposa que no tenía el menor interés por conocer el significado de dicha emancipación…) Es por ello que cuando la condesa Olenska (maravillosa Michelle Pfeiffer) pretenda regresar al mundo en el que creció sea considerada una intrusa, una especie de proscrita, aunque las apariencias por supuesto  muestren lo contrario.  La idea de divorciarse chocará con la intransigencia de una especie de clase social donde esas cosas no son aceptadas y menos cuando la mujer es la que pretende llevar la iniciativa.  Por otro lado Newland Archer (Daniel Day Lewis) y May Welland (Winona Ryder) representan lo que esa sociedad quiere mostrar pero la historia nos relata la lucha interna,  en principio,  solo de Archer,  por reivindicar su derecho a sentir y a desear por encima de las convenciones sociales. Con el desarrollo del film podemos ir sintiendo como dicha lucha interna de Archer no es solo suya, la condesa Olenska y también May serán víctimas de esas convenciones y es aquí donde aparece un Scorsese magistral quien apoyado en el magnífico texto de Wharton desarrolla una serie de movimientos de cámara y de planos que convierten a esta película en una auténtica joya.

La capacidad de Scorsese para adentrarse en los personajes y en sus pensamientos, parte de la intencionalidad a la hora de colocar la cámara y sobretodo el uso de la luz en cada momento. Los momentos entre Archer y Ellen son filmados con primeros planos lentos que ejemplifican  el inicio del acercamiento entre ellos.  De entre todos esos planos queda el eterno recuerdo de una puesta de sol en ese plano majestuoso del embarcadero mientras Ellen Olenska es observada por Newland Archer  y un barco cruza el horizonte en el momento que ella es filmada de espaldas.

“La edad de la inocencia” nos hace un perfecto dibujo de una pasión amorosa prohibida que ante la imposibilidad de consumarse consigue que perviva en el espectador gran parte de ese dolor que sufren los protagonistas. La suntuosidad del primer tramo de la cinta donde se nos es presentada esa inquisidora sociedad neoyorquina, pasa con el crecimiento de los personajes  a transformarse en un relato íntimo y lleno de matices y subtexto. Las miradas de Day Lewis y Pfeiffer cuando se ven en presencia de otras personas son retratadas magistralmente por el cineasta neoyorquino  a través de una exquisita puesta en escena donde el director transita en la necesidad de analizar todos esos códigos que coartan las libertades personales. La aparente fragilidad de May Welland que en realidad solo es aparente, entronca con el dilema moral que plantea la novela y por ende Scorsese al dibujarnos un escenario donde los valores de dicha sociedad pretenden imponerse a los deseos y sentimientos propios. En esa lucha, los damnificados siempre son aquellos cuya catadura moral es mayor,  mientras los jerarcas hipócritas que rigen las normas salen indemnes siempre. Esa sucesión de impecables modales corteses esconden en la mayoría de los casos una mezquindad capaz de acabar con la reputación de cualquiera que ose poner en entredicho tal establishment.

La vacuedad de ese mundo y lo que conlleva dejan  un poso de tristeza y melancolía en el protagonista que el espectador hará propio sobretodo a través de la mirada de Archer en una secuencia final antológica donde de nuevo evocará esa puesta de sol a través de su recuerdo. Este profundo, contenido y armónico melodrama permanece repleto de eufemismos, de silencios que pretenden actuar como elemento de comunicación y representa además todo un manual de “corrección” aparente  frente a cualquier elemento perturbador o transgresor.  Será este el espacio en el que Newland Archer y Ellen Olenska vean pasar por delante su felicidad teniendo que decidir qué camino escoger,… el correcto o el que quieren.

Rubén Moreno

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EL CINE HECHO POESÍA

Dicen que siempre regresamos al lugar donde fuimos felices, aunque solo sea con la mente. Eso es el sur, el lugar al que regresar para alcanzar la felicidad. Ese sur que evoca atardeceres, luz y alegría. El sur es olor a jazmín y a hierbabuena, a naranjos en flor. Es un paisaje lleno de olivos y es el mar que baña sus tierras. El Sur, es un paraíso donde una vez Agustín fue feliz.

En 1983 Víctor Erice dirigió su segunda película,  “El Sur”. Una magistral obra de arte nacida desde el intimismo y que a su vez, paradójicamente,  es una obra inacabada. Según palabras de su propio creador, esta cinta no muestra el espíritu de una historia que nace de la pluma de Adelaida García Morales, pareja del propio Erice,  en dos relatos cortos llamados “El sur” y “Bene”que Anagrama editó dos años después de la película. Esa segunda parte que jamás vio la luz cinematográfica nos muestra ese sur que cobra vida para dejar de ser ese elemento mágico y a la vez misterioso al que querer regresar. El sur aparece para mostrarnos ese viaje que Agustín nunca podrá realizar, a través de Estrella, su hija y auténtica protagonista del film, ya que es su visión la que se nos presenta como guía para entenderlo todo.  

Los problemas de producción hicieron que la obra quedara tal y como la conocemos dotándola de otro sentido, igualmente maravilloso pero diferente al ideado por Erice. La obra cercenada nos presenta al sur como algo utópico, un universo donde poder alcanzar la felicidad perdida, un paraje lleno de luz que lo inunda todo y que contrasta con el evidente y sombrío norte que simboliza aquí la amargura, la tristeza y la melancolía de la España de los cincuenta.

“El Sur” es un viaje iniciático, un camino desde la infancia a la madurez. Tratado desde espacios invisibles donde las cosas se intuyen y los silencios se vuelven protagonistas. Nos habla también de los exilios del protagonista, el externo al tener que vivir en el norte y del interno  donde la melancolía y la nostalgia lo invaden todo. El intimismo de Erice nos hace circular por senderos que se nos vuelven lugares comunes pero que a su vez nos emocionan.

El estilo de Erice es poético, visualmente tiene una fuerza enorme, construyendo una película a base de recuerdos. Los recuerdos de Estrella a través de los cuales conoceremos cómo era la historia. Unos recuerdos que nos invaden desde la poderosísima mirada de Sonsoles Aranguren,  la actriz que la interpreta de pequeña hasta una adolescente Icíar Bollaín que representa esa edad en la que todo empieza a ser cuestionado. Es en este viaje donde encontraremos el sentido a lamelancolía del personaje de Agustín, un extraordinario Omero Antonutti, que guarda un secreto que Estrella intentará descubrir.  En la cinta que Erice pensó, Estrella al descubrir dicho secreto cerraría el círculo iniciado en esa primera escena donde la vemos mover un péndulo que ejemplifica su mundo interior para presentarnos la historia como una especie de diario de imágenes y recuerdos de la propia Estrella.

 La relación con su padre transita por el misterio, la magia, y una complicidad que no poseen ninguno de los miembros de la familia. Crece entre la admiración y el saber que existe ese secreto que su padre oculta y que la hará conocerle como nadie. La voz en off de Estrella, ya adulta, nos hace viajar a la memoria diferenciándonos claramente el mundo real del que imaginamos. La idealización del padre  da paso a un mayor entendimiento que culmina con una secuencia maravillosa casi al final de la película.

Los planos de las miradas de fascinación de la niña al padre se reflejan perfectamente consiguiendo que el espectador empatice con la relación padre-hija desde el primer momento. Esto sin embargo está rodado con sobriedad y belleza, cualidades que son un sello personal en el cine de Erice. La capacidad para emocionarnos de este director queda reflejada en una secuencia icónica dentro del cine español, donde suena el pasodoble “En er Mundo” y la cámara se sitúa en contrapicado mostrando  el baile el día de la Comunión de Estrella entre su padre y ella. Desde la admiración que la niña siente, la cámara se fija desde abajo realzando las miradas cómplices de amor verdadero entre padree hija.

Estamos ante la película más grande de la historia del cinepatrio, un ejercicio de buen gusto, que nos reconcilia con un modo distinto de hacer cine basado en la pausa, en el uso adecuado de los tiempos, de un lirismo visual que entronca con la emoción de contar historias a través de los sentimientos, un relato evocador de singular belleza que posee la magia de ser una perfección inacabada y que nos obliga a transitar por ese mencionado trayecto de emociones y poesía visual.

Rubén Moreno

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EL BOSQUE DE LOS HOMBRES LIBRO

«Solo se alcanza la felicidad, estando todos al mismo nivel, por eso debemos quemar los libros…” Esta perniciosa afirmación ejemplifica el pensamiento único que trata de envilecer las mentes humanas homogeneizando todas las opiniones, sueños y comportamientos.

 Ray Bradbury  publicó en 1953 una maravillosa novela que François Truffaut llevó al cine en 1966. Surgida como crítica a la manipulación que empezaban a ejercer determinados medios de comunicación que postergaban a la cultura a un plano totalmente secundario; la novela es también un canto a la libertad de pensamiento que se ve coartada desde determinados espacios de poder. En plena Caza de Brujas del senador MacCarthy la historia además supone una reivindicación de las libertades que se estaban suprimiendo durante ese período negro de la historia de Estados Unidos.

La idea principal de “Farenheit 451” circula sobre un futuro distópico en el que el Cuerpo de Bomberos no se dedica a apagar incendios sino a la quema de libros (de ahí el título, ya que la temperatura a la que arde el papel son esos 451 grados) . ¿Por qué quemar libros? El Estado no puede permitir que los ciudadanos desarrollen inquietudes intelectuales que les distraigan del discurso oficial. Este panorama desolador nos lleva una sociedad absolutamente idiotizada que basa su existencia en la superficialidad, en la materialidad y que venera todo lo que contempla a través de una gran pantalla en casa. Una sociedad en la que además de estar prohibidos los libros también lo están cosas tan sencillas como conducir despacio o simplemente dar un paseo. En este escenario el protagonista de la historia, Guy Montag (Oskar Werner)  un bombero,  conoce a Clarisse, una chica potencialmente peligrosa ya que en palabras del jefe de Montag, “…no se plantea cómo hacer las cosas sino el por qué…”. A partir de este encuentro el hasta entonces disciplinado Montag comenzará a redefinir  nuevos escenarios en su propia existencia.

Truffaut alejado de sus orígenes de la Nouvelle Vague supo plasmar su sello en esta adaptación guionizando junto a Jean Louis Richard el texto de Bradbury, cambiando algunas cosas de la novela en beneficio del lenguaje narrativo de la propia película. Así podemos encontrar como uno de los personajes clave en la novela, Faber es aquí solo citado de pasada y sustituida su influencia por la chica que Montag conoce. Es ella la que le hablará de ese refugio llamado “el bosque de los hombres libro”, el lugar al que huir para salvar la cultura. Un lugar maravilloso al que escapar y donde los disidentes han ido memorizando los libros para que nunca se pierdan.

Una adorable Julie Christie interpreta dos papeles a la vez, el de la esposa de Montag, llamada aquí Linda (Mildred en la novela) y el de Clarisse que aquí es una profesora de 20 años (en la novela es una estudiante de 17). La genialidad de Truffaut lleva a la actriz británica a sustituir las dos opciones primeras, Jean Seberg y Jane Fonda, utilizandola para los dos papeles, a los que diferenciará en pantalla a través del corte de pelo y de unos encuadres distintos. A Linda la filma de perfil para resaltar la desconfianza que transmite y a Clarisse de frente para ensalzar todo lo contrario… su transparencia.

Esta idea, junto a la del uso de la fotografía de Nicholas Roeg, de un cromatismo basado en tonos rojos que resalta la idea del fuego como elemento destructor de todo,  entronca de forma brillante con la necesidad de contar la angustia de una sociedad abocada a la destrucción. La guerra está presente en la novela de forma mucho más evidente, así como la manipulación de los medios que la ocultan al pueblo. En la novela de Bradbury la referencia a la guerra nos lleva a un desenlace más esperanzador que el de la cinta de Truffaut quien por otro lado filma una maravillosa secuencia en “el bosque de los hombres libro”, bajo la influencia hitchcockiana de la música de Bernard Hermann, que dota de un lirismo extraordinario ese momento mágico en el que los disidentes van presentándose no como personas sino como las obras que han memorizado.

Las referencias literarias de la cinta de Truffaut vienen de sus propios gustos personales y así podemos encontrar citas a J.D. Sallinger, Marcel Proust, Henry Miller, Mark Twain, Herman Melville, Dostoievski, Dickens o Jane Austen entre otros.

Es el momento de plantearse si seríamos capaces de vivir en un mundo donde no existieran los libros, donde los grandes clásicos que nos han acompañado toda la vida dejarán de existir y fueran olvidados. Este escenario, absolutamente desolador adquiere una peligrosa vigencia en los tiempos actuales donde se desprecian las formas culturales diversas y se intentan coartar los derechos fundamentales de la creación artística en forma de censura velada o no. La supresión total o parcial de cualquier manifestación artística debería hacernos replantear nuestro modelo de sociedad.

Mientras tanto podemos seguir disfrutando de ese inmenso placer que son los libros, ese vehículo extraordinario que nos hace viajar sin movernos, nos abre la mente, nos llena de ilusiones, nos da esperanzas y sobretodo nos hace mejores personas.

 

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