«Sostiene Pereira»

El canto de Tabucchi a Lisboa, la solidaridad y la paz

El escritor italiano Antonio Tabucchi solía decir en las entrevistas que él se fue a vivir a Lisboa por la voz de la universal fadista Amalia Rodrigues y el fútbol de Eusebio, aquella gloria del Benfica y la selección portuguesa que asombró al mundo con su balompié poderoso y desbordante.

«Sostiene Pereira» es, en una parte muy importante de su estética -simple y refinada- y de su argumento, un homenaje cálido y entusiasta a Lisboa. Pero es muchas cosas más. Tabucchi rinde tributo al periodismo cultural cocinado a fuego lento y, sobre todo, a la amistad, la conversación, la solidaridad con los perseguidos, la paz y la convivencia… El placer de la conexión con el semejante.

El protagonista de esta historia -que se ha convertido por derecho propio en un clásico de la literatura europea- es Pereira, director de la página cultural del periódico vespertino «Lisboa». Pereira, viudo y compulsivo consumidor de limonadas, se topa con el joven escritor Monteiro Rossi, que ayuda a los republicanos españoles en la Guerra Civil, hace proselitismo izquierdista por la región del Alentejo y lucha activamente contra el fascismo que se extiende por el viejo continente en 1938.

Lo que llamamos la norma, o nuestro ser, o la normalidad, es solo un resultado, no una premisa, y depende del control de un yo hegemónico que se ha impuesto en la confederación de nuestras almas

El doctor Cardoso en el Capítulo XVI de «Sostiene Pereira»

La relación entre ambos estructura el relato. El escenario es la capital portuguesa de la luminosidad atlántica, los cafés y los enclaves populares que se salen de los circuitos turísticos habituales: la plaza de Alegría, la iglesia de las Mercedes, la rúa Rodrigo de Fonseca o el templo de San Mamede…

La peculiaridad expresiva principal de «Sostiene Pereira» se anuncia en su título: Tabucchi utiliza esta forma verbal «sostiene» para hilar toda la narración en la que, lógicamente, predomina una tercera persona a la manera de la que pudiera encontrarse en un atestado policial. Esto se complementa con la fluidez de una lectura inolvidable.

«Sostiene Pereira» es, además, un ejemplo deslumbrante de feliz encuentro entre literatura y cine. Tabucchi concluyó el libro en 1993 y solo tres años después, en 1996, el cine italiano se alió con esta historia de la mano del director Roberto Faenza y con el propio Tabucchi como guionista. Para culminar el éxito, pudimos poner cara a Pereira en la persona de una estrella de relumbrón como Marcello Mastroianni.

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«Nada»

¿Por qué un clásico de la literatura española lo es? Quizá «Nada», de Carmen Laforet (1921-2004), sea uno de los mejores libros para poder responder a esta pregunta. Ambientada en la mísera y decadente Barcelona de la posguerra civil en nuestro país, esta obra destaca en su forma por un lenguaje y estructura cuidadísimos, mimados en extremo. Cada palabra está colocada con ansia de perfección, así que no sobra ni falta nada.

Leer a Laforet -2021 es una excelente ocasión para hacerlo porque se cumple el centenario de su nacimiento y hay bastantes actos previstos y reediciones para conmemorarlo- es disfrutar con una prosa fluida pero, a la vez, embellecida por lo poético, lo sensible y el detalle. Esto en cuanto a la forma. La guinda -para revestirse de ese clasicismo al que hacíamos referencia- tiene el sabor de un argumento en una intimísima primera persona y que se desarrolla en el espacio temporal de un año.

«Entonces fue cuando empecé a darme cuenta de que se aguantan mucho mejor las contrariedades grandes que las pequeñas nimiedades de cada día»

Capítulo XIII de «Nada»

Andrea llega desde el pueblo a casa de sus familiares en la calle Aribau de la capital catalana para comenzar sus estudios universitarios. Pronto, tanto esa vía barcelonesa como la vivienda y quienes viven en ella se convertirán en los relevantes protagonistas de un retrato de la miseria, el hambre, la violencia, el clasismo, el enfrentamiento y el rencor que inundó España en esas terribles décadas de pobreza y desazón.

La mezcla de sutileza y realismo con el que la autora hace avanzar las historias que acontecen en «Nada» solo está al alcance de una autora magistral como lo fue la Laforet. Ganadora de la primera edición del prestigioso Premio Nadal en 1944, el gran éxito del libro quizá eclipsó desde el principio y en gran parte el resto de la obra literaria de la escritora. Esta idea es defendida, también, por la traductora Marta Cerezales Laforet, una de las hijas de la autora.

Carmen Laforet compuso cuentos, ensayos, libros de viajes. Y novelas como «La isla y los demonios» o «La mujer nueva». Por esta última le fue concedido el Premio Nacional de Literatura.

«Nada» es un muy buen ejemplo de evolución existencial tanto de su narradora como de quienes le rodean: «La vida volvía a ser solitaria para mí. Como era algo que parecía no tener remedio, lo tomé con resignación. Entonces fue cuando empecé a darme cuenta de que se aguantan mucho mejor las contrariedades grandes que las pequeñas nimiedades de cada día».

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El deseo y la luz

Patricia Higshmith, quien ya había terminado su novela “Extraños en un tren”, tenía 27 años y se encontraba sin dinero, por lo que buscó un empleo en la sección de juguetes de unos grandes almacenes. Un día entró una elegante mujer envuelta en visón que dejó un nombre y una dirección a la que enviar una muñeca. Al salir del trabajo, Patricia se fue directa a casa y escribió del tirón el argumento de la novela “El precio de la sal” que tuvo que ser escrita bajo el pseudónimo de Claire Morgan por la naturaleza escandalosa de la misma, según la época. Aún así y tras ser rechazada varias veces por los editores, fue publicada en 1953 y vendió más de un millón de ejemplares. En 1989, esta novela fue reimprimida bajo el titulo de “Carol” y el verdadero nombre de su autora. En 2015 Todd Haynes, filma la adaptación al cine de esta maravillosa novela de Patricia Highsmith y su protagonista, Cate Blanchett nos regala uno de esos personajes eternos.

Blanchett parece levitar cada vez que aparece en escena, la cámara, a penas la acaricia, la sigue como flotando mientras los ojos de una magnífica, también, Rooney Mara la observan con devoción. Son Carol Aird y Therese Belivet y asistimos como espectadores de lujo a la historia de amor entre ambas. Con el estilo habitual de Haynes, “Carol” es un retrato de la inquisidora sociedad norteamericana de los 50, surgida tras la Segunda Guerra Mundial, en la que la hipocresía y el fariseismo son claves. Por supuesto, una relación lésbica es considerada no solo inconveniente sino amoral por cuanto atenta a los principios básicos de cualquier sociedad castradora, lo que pone a la protagonista en la difícil tesitura de elegir qué es lo correcto. Además “Carol” es un ejercicio de buen gusto en el que Todd Haynes parece moverse de modo más que fluido, como ya habíamos visto antes en esa otra joyita del melodrama llamada “Lejos del cielo” en el que Julianne Moore nos trasladaba a la Jane Wyman de las películas de Douglas Sirk. Y es que en el cine de Todd Haynes las referencias clásicas son innegables y Sirk parece un espejo brillante al que mirar a través de una magnífica ambientación, aunque el director californiano incorpora su sello personal a través del desarrollo de personajes.

En “Carol” la escenografía nos recuerda constantes referentes de la cultura norteamericana y así vemos planos que recuerdan a la pintura de Hopper, el uso de la luz y la cámara desenfocada simbolizando la evasión de los personajes nos lleva a la fotógrafa Vivian Maier y los retratos de personajes que forman parte de la sociedad pero parecen estar excluidos. El color siempre presente en las protagonistas, la música, …pero sin duda donde esta película se hace grande es en la dirección de actores con unas extraordinarias Cate Blanchett y una sorprendente Rooney Mara. La imposibilidad de vivir de acuerdo a los sentimientos propios hace transitar a ambas por una especie de limbo de emociones del que solo pueden salir una vez redimidas. El arranque prodigioso de la película y su tramo final nos dirigen casi sin dar importancia a “Breve Encuentro” de David Lean. Lo que sucede entre medio de esas dos escenas es una demostración de buen gusto a la hora de rodar y de clasicismo exento de artificios. La delicadeza y el deleite por el detalle convierten la historia en una sucesión de momentos arrebatadores que culminan en un plano majestuoso de Cate Blanchett como cierre.

Lo cautivador de “Carol” es sin duda la propia singularidad dentro de un universo de referencias que alimentan la historia y componen un efecto revitalizador sin duda. Ese amor por alimentarse del pasado sin perder el rictus personal del film queda evidenciado en cada movimiento de cámara que Todd Haynes utiliza. Esto confiere a la cinta una personalidad propia y una especie de energía a la que la estratosférica interpretación de Blanchett ayuda sin duda. Los juegos de miradas, las caricias casi frágiles, todo compone un cuadro al que accedemos como insospechados visitantes de lujo, capaces de mirar con los ojos actuales y sobretodo con los de los años cincuenta para comprender cada una de las situaciones difíciles que se plantean.

En definitiva, estamos ante una obra magistral que por supuesto también recoge los ecos de otro de los trabajos de Haynes, la más que correcta “Mildred Pierce”. Aparece esa especie de devoción como decimos por evocar lo mejor de un cine atemporal como es el de la década de los cincuenta que entronca con esa percepción más que adquirida ya, de que solo podemos avanzar en el cine si sabemos de dónde partimos. “Carol” se convierte en una obra imprescindible sustentada por Haynes en el universo de Patricia Highsmith, alejada aquí de su género favorito, el policíaco… donde la psicología de los personajes toma importancia capital a la hora de entender su obra. En esta novela, podemos decir que está lo más personal de una autora que supo como pocas retratar las miserias del ser humano y las mezquindades y que aquí sin embargo, nos reconcilia con la vida a través de la estupenda historia de amor entre Carol Aird y Therese Belivet y que la cámara de Todd Haynes sabe captar haciéndonos mirar por los ojos de ambas para deslumbrarnos y hacernos vibrar.

Rubén Moreno

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